Ninguno de los siete
candidatos a gobernador al iniciar el pasado viernes sus respectivas campañas,
tuvo tan siquiera un asomo de arrojo y congruencia. Nadie se atrevió a empezar
haciendo públicas sus Declaraciones de Patrimonio, de Impuestos y de Intereses.
En un contexto
nacional de incredulidad, desconfianza y sospecha, como de cruda manera definió
Enrique Peña el momento que vive el país; ninguno de los candidatos a
gobernador del estado hizo nada sorpresivo en el arranque de las campañas de
proselitismo. Más de lo mismo.
La iniciativa de la
sociedad a través de Transparencia Mexicana e intelectuales estudiosos del tema
de la transparencia y la rendición de cuentas como Mauricio Merino, no ha
encontrado eco en la clase política nacional que busca cargos de elección
popular.
Juan Manuel Carreras
López inició al más clásico estilo priísta: taxistas acarreados, matraqueros,
la firma de artificial efecto de firmar compromisos de campaña, el arropamiento
del tibio cobijo de los empresarios de su partido que igual festejan al que
defina el dedazo.
Nada digno de un
arranque de campaña en momentos en que la credibilidad y la confianza en las
instituciones, incluidos obviamente los partidos políticos y las autoridades
electorales, se encuentran por los suelos.
Ir a correr al porque
para que se vea que hay músculo, aparecer sonriente con Cesar Camacho Quiroz y
luego aventarse el primer chiste de la campaña: les prometo ser el gobernador
de la educación. Se lo dijo a maestros reunidos por el cacique magisterial,
Rabel Turrubiartes. Claro, el chiste se cuenta solo.
Y Sonia Mendoza Díaz,
aun con la imagen lastimada por las trampas a las que recurrió para obtener la
candidatura del PAN, inició con una presunta reunión con su equipo de campaña,
lo que es lo mismo, el club de tobi que se adueño del partido. Los que le
ayudaron a hacer del proceso interno del PAN todo un cochinero, son sus
operadores de campaña.
Y luego una caravana
de vehículos en las calles de Matehuala, saludando como si fuera reina de la
primavera. Pero aun, entre sus primeros pronunciamientos al estilo Toranzo:
vamos a empezar a escribir una nueva historia en San Luis.
La candidata del PAN
cree que por el hecho de ser mujer va a ganar las elecciones y porque ya es
justo que el estado sea gobernado por una mujer. Ese es todo su patrimonio
político.
Pero Fernando Pérez
Espinosa prefirió irse a la
Huasteca e iniciar campaña en rueda de prensa. Más simple y
frívolo no puede ser. Luego en Soledad, llegó como si ya fuera gobernador. Una
comitiva de invitados a los que la policía municipal abría paso con sirena
abierta, haciendo a un lado a los automovilistas porque “ahí viene el candidato
Calolo”.
Hasta hace unas
semanas priísta hasta los huesos, en Soledad se subió a un templete amarillo y
negro y naranja. Se abrazaba con señoras, jóvenes y ancianos simpatizantes del
PRD y de la familia Gallardo hoy caída en desgracia.
Eugenio Govea Arcos
creyó sorprender presentando una muestra clínica para examen antidoping. El del
Movimiento Ciudadano no llamó la atención de nadie en la comodidad de un
arranque de campaña en rueda de prensa en el centro histórico de la ciudad.
Nadie se atrevió a
dar un paso firme en busca de captar la atención y la confianza de la gente. No
tienen el tamaño político suficiente para decir, estos son mis amigos, si gano
ellos no harán negocios con el gobierno.
Nadie se atrevió a
presentar su declaración de impuestos para que la gente vea: esto es lo que
gané el año pasado y esto es lo que pague en contribuciones al fisco. Ni evado
nada ni escondo nada. Mis negocios y mis ingresos están limpios, son legales.
Nadie se atrevió a
decir: esto es lo que poseo, estos son todos mis bienes, así los he adquirido;
el día que deje de ser gobernador no tendré más propiedad que las que ahora
tengo como candidato.
Malas noticias para
todos.
Los partidos y sus
viejas fórmulas de hacer campaña en donde el ciudadano es invisible, salvo para
llenar auditorios y plazas, como escenario necesario para que se vea y se
sienta que el candidato es del pueblo.
En la víspera de su
pasada visita de Estado al Reino Unido, el presidente Peña Nieto le dijo a The
Financial Times que en México hay incredulidad, desconfianza e incluso
sospecha. No dijo nada que los mexicanos no entendamos. Eso es cierto, existe
una crisis de desconfianza.
Antes lo había
admitido el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray: recuperar la confianza de
la ciudadanaza vale tanto como diez reformas estructurales. De ese tamaño es la
desconfianza.
Sin embargo, los
candidatos y sus partidos parecen vivir una realidad diferente, ya los vimos en
el inicio de sus campañas. Ellos son los actores principales y lo que hagan o
ellos digan es lo único trascendente. Ya están trepados en su ladrillo,
rodeados de aplaudidores y aduladores oportunistas. Para ellos, eso es lo único
que cuenta, aunque claro, nadie les crea a ellos.
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