Había movilizaciones en el
país, los ánimos estaban crispados, las redes sociales se desbordaban en
convocatorias a la protesta. En la ciudad de México el ejército y la policía se
atrincheraron contra los inconformes. Enrique Peña Nieto se colocó la banda
presidencial en un Congreso sitiado por la fuerza pública.
Lejos de la gente y cerca de
la clase política y de los pocos hombres de real poder económico, así empezó
Enrique Peña Nieto su primer día como presidente el primero de diciembre de
2012.
No ha pasado mucho tiempo,
apenas vamos para dos años y Peña está metido en una crisis de enorme magnitud,
una crisis de la que nadie habría pensado que nacería tan temprano en el
sexenio. Una crisis de desconfianza, una crisis en todo un océano de dudas, una
crisis institucional, política y sobre todo, de leyes, de ausencia de estado de
derecho.
El presidente de rostro de
canal de las estrellas del primero de diciembre de 2012 se ha ido desvaneciendo
desde entonces. Se le ve medroso y anda con aires de sufrimiento, le pintan
canas el ceño se ha endurecido, se le nota la impotencia cuando se dibuja en su rostro un duro apretón de quijada.
Ya no es el apuesto
caballero del primero de diciembre de 2012, ya no desprende esa aura de éxito y
felicidad. Ya no lo acompaña ese don que irradiaba un poder inconmensurable, se
han acabado los días en que las féminas gritaban “bésame Enrique”, “papacito,
eres una chulada”.
No es lo mismo ahora. El
piropo se ha apagado y ahora son miles los que le acusan, que le injurian, que
piden su renuncia.
Aún lo recuerdo: Peña Nieto
y su esposa caminando en la plaza del Carmen, protegidos por el miembros del
Estado Mayor Presidencial. Grababan un spot de campaña. Cerraron la plaza para
ellos. La gente, detrás de las vallas le gritaba: “Enrique, ven, por favor, una
foto” y le manifestaban una admiración convertida en cuasi devoción.
A su esposa, Angélica Rivera
también la llamaban por un autógrafo. Las damas querían una foto con la
Gaviota.
Y Peña sabedor de su encanto
se dejó querer, se acercó a la valla y mientras los reporteros le hacíamos
algunas preguntas, una horda de mujeres de todas las edades y tallas se le
abalanzaron, una le mostró su busto y le pidió que allí le dejara un mensaje.
Bueno, ese Peña que
despertaba fuerzas inconmensurables parece estar cobrando ya un olor a algo
avejentado, los días de acontecimientos memorables han sido sepultados por una
marejada social de irritación e indignación.
Incluso, parte de la clase
política y de la prensa que se expresaba en exceso obsequiosa, casi con
servilismo, ha mostrado ahora una actitud distinta. Son ahora días de crisis en
un gobierno que solo estaba preparado para los mensajes de buena ventura en horario
triple A.
De la fatídica noche del 26
de septiembre al día de hoy, han corrido 59 días. De la desaparición (forzada)
de los 43 normalistas de Ayotzinapa, hoy nos aproximamos a los dos meses sin
que se sepa de ellos, salvo la increíble historia oficial de su ejecución a
manos del crimen organizado.
Igual lapso de tiempo es el
que lleva la crisis de gobierno de la presidencia de Enrique Peña Nieto e igual
número de días es el de la crisis profunda que se ha destapado en los partidos
políticos y buena parte de las instituciones públicas del país.
Faltan 43, es el reclamo en
muchas ciudades del mundo y en todo el territorio nacional. La gente en el
culmen de su hartazgo ha ganado la calle y han llenado las plazas, han lanzado
consignas, han vandalizado y también han encendido veladoras y han orado.
Y mientras tanto, el
presidente cuando habla sobre el tema lanza palabras que solo terminan por
irritar al público, se le nota su destemplanza y se le percibe como un actor de
mediana categoría que a punto del llanto, ofrece hacer justicia y defender a la
patria.
La estrella presidencial se
está opacando, se apaga poco a poco porque hay un eclipse total, la sombra del
crimen, de la corrupción, de la impunidad, han oscurecido el rostro siempre
feliz de un presidente más preocupado por su sonrisa que por los ciudadanos.
En China a donde fue Peña en
vez de ir a Iguala, al presidente le tomaron una fotografía que dio la vuelta
al mundo de la prensa. El presidente de México cavando un hoyo para plantar un
árbol en una muestra de amistad con ese país asiático, mientras que en México,
en Guerrero, la policía, peritos y forenses cavaban fosas para rescatar cuerpos
putrefactos.
Son cosas como esas las que
tiene a Peña en el caldero de la impopularidad. Paradoja al estilo Casa Blanca,
al Big Star se le cae el telón encima y ni siquiera la Gaviota ha podido
ayudarle.
En una semana el
presidente cumplirá dos años como presidente de la república y no son días
propicios para celebrarlo. Tal vez sea preferible pasar por alto la efeméride
pues los reclamos, la inconformidad, la irritación parecen ir para largo.
Tanto así que es posible que
la crisis presidencial alcance a su partido en los comicios de junio próximo.
El PRI del carro completo, a la luz de la crisis actual de su jefe nato,
brillará por su ausencia en beneficio de otras fuerzas políticas, de otros
partidos tan malos o peores que el tricolor.