lunes, 7 de septiembre de 2015

México tiene hambre

En México hay siete millones 140 mil mexicanos que sufren de pobreza extrema alimentaria. Esto quiere decir que siete millones 140 mil personas no tienen dinero para adquirir alimentos, lo cual supone, se trata de siete millones 140 mil mexicanos que al iniciar el día no tienen algo que llevarse a la boca y que para la tarde no saben si podrán comer algo y que para la noche, lo más probable es que duerman con el estómago vacío.


Siete millones 140 mil personas es el equivalente a cerca de tres veces el total de la población de San Luis Potosí.


La Cruzada Nacional Contra el Hambre ha ejercido recursos por aproximadamente 250 mil millones de pesos entre los años 2013 y 2014. En 2015 se aplica un presupuesto de 130 mil millones de pesos.


Demasiado dinero y el hambre, no atenúa. Los mexicanos pobres por carencia alimentaria no disminuyen sino que por el contrario, aumentan.


Al arranque del gobierno de Enrique Peña Nieto había siete millones 10 mil pobres alimentarios y dos años aumentó a siete millones 140 mil según la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares del Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática.


El Gobierno Federal seleccionó 400 municipios en el país en donde ese programa se echó a andar. Los recursos no han faltado porque se trata de uno de las acciones más importantes del sexenio. La idea que se tenía era la de eliminar paulatinamente la pobreza alimentaria.


Sin embargo, los resultados han sido adversos pues en vez de disminuir el número de ciudadanos que no tienen que comer, aumentó, lo que significa que hay más hambre que antes.


Se trata de un programa destinado al fracaso porque la única manera de abatir el hambre es mejorando los ingresos de las familias y mejorando los salarios de los trabajadores.


No obstante la crudeza de los datos del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social y del INEGI, en su tercer informe presidencial, Peña Nieto habló de progreso en los programas sociales. Es una desdicha que un presidente pretenda tapar la realidad, no con un dedo sino con un discurso.


En unos días más, Fernando Toranzo dará su último informe y en consonancia con el presidencial, seguramente hará un breve reconocimiento de que faltan cosas por hacer y se extenderá prolíficamente en lo que hizo por los más pobres, los olvidados, los que no tenían nada y ahora tienen algo.


Pero igual que Peña, Toranzo no podrá ocultar la realidad tan ofensiva e indignante con un discurso que se avista, plagado de cifras de escaso sustento y llevado al paroxismo del optimismo.


Así es la juerga política en los informes. No se trata de rendir cuentas sino de armar un acto de elogio.


Tener hambre es algo que no se le desea a nadie, ni a tu peor enemigo. Tener hambre y no saciarla o de menos aliviarla de manera pasajera, es lo peor para el ser humano. Lo primero que pierde es su dignidad.


Se ve obligado a hurgar en la basura, entre los desechos, en los desperdicios como si se tratara de un animal. Se ve obligado a robar, a delinquir, a portarse como un delincuente y es probable que llevado por las circunstancias llegue a agredir, a herir o hasta matar.


Se ve obligado a mendigar por una moneda o para un taco o para un sorbo de agua o para unos frijoles o para unas tortillas. Limosnear en las esquinas y acercas de las calles, tocando puertas de las casas o extendiendo la mano en la parada de los camiones.


Tener hambre debe ser un infierno porque el hambre, como el fuego, abraza y consumen, aniquila y convierte la carne en huesos y luego en cenizas y polvo. Tener hambre es no dormir, no tener sueño ni tener descanso, es deambular nocturno y vagar sin destino en busca de un mendrugo.


Por eso, cuando se sabe que hay siete millones 140 mil ciudadanos: niños, adolescentes, jóvenes, adultos y viejos sin que comer, no puede haber otra reacción sino la de la indignación.


Los senadores y diputados tienen su propio restaurante y no pagan de su bolsa para comer; la familia presidencial tiene su propio chef y amplio menú de comidas nacionales, regionales y extranjeras. Si les complace, pueden pedir lo que se les antoje y si les parece poca cosa, ahí lo dejan.


Un diputado local se gasta hasta diez mil pesos en una junta de trabajo y el Congreso se gasta 20 mil pesos en comidas luego de una sesión.


Valga citar esos ejemplos solo, para conocer el talante de nuestros servidores públicos que ellos sí, nunca pasan hambres. Desde el gobernador hasta el más insignificante de los presidentes municipales como sus tres veces al día con saciedad y de ser posible hasta la gula.


Entre tantos asuntos pendientes que tienen las instituciones nacionales y locales así como quienes las dirigen con la sociedad, el del hambre es el más grave y nefasto de los rezagos.


Las economía no crece como se ofreció, el poder adquisitivo del salario no crece como se ofreció, el ingreso de las familias no aumentan como se ofreció, el costo de los alimentos básicos no baja como se ofreció, el costo de la electricidad no declina como se ofreció, el precio de la gasolina no baja como se prometió.


Por eso hay hambre y habrá más ciudadanos hambrientos: no hay empleos suficientes y bien pagados y los ingresos en los hogares siguen en el mismo nivel de hace 25 años. En 1992 el ingreso per cápita en México era de 3 mil 322 pesos y en 2014 de 3 mil 05 pesos a precios de 2010.



Amable lector, seguramente entenderá si confiamos que muchas veces hemos tenido hambre y que en ocasiones el dinero en el bolsillo no da suficiente, tal vez sean ocasiones excepcionales, pero suficientes para entender lo que representa tener hambre y no estar en condiciones de aliviarla, pero que siete millones 140 mil mexicanos padezcan eso todos los días, eso sí que no tiene madre.  

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