En México
hay siete millones 140 mil mexicanos que sufren de pobreza extrema alimentaria.
Esto quiere decir que siete millones 140 mil personas no tienen dinero para
adquirir alimentos, lo cual supone, se trata de siete millones 140 mil
mexicanos que al iniciar el día no tienen algo que llevarse a la boca y que
para la tarde no saben si podrán comer algo y que para la noche, lo más
probable es que duerman con el estómago vacío.
Siete
millones 140 mil personas es el equivalente a cerca de tres veces el total de
la población de San Luis Potosí.
La Cruzada
Nacional Contra el Hambre ha ejercido recursos por aproximadamente 250 mil millones
de pesos entre los años 2013 y 2014. En 2015 se aplica un presupuesto de 130
mil millones de pesos.
Demasiado
dinero y el hambre, no atenúa. Los mexicanos pobres por carencia alimentaria no
disminuyen sino que por el contrario, aumentan.
Al arranque
del gobierno de Enrique Peña Nieto había siete millones 10 mil pobres
alimentarios y dos años aumentó a siete millones 140 mil según la Encuesta
Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares del Instituto Nacional de
Estadística Geografía e Informática.
El Gobierno
Federal seleccionó 400 municipios en el país en donde ese programa se echó a
andar. Los recursos no han faltado porque se trata de uno de las acciones más
importantes del sexenio. La idea que se tenía era la de eliminar paulatinamente
la pobreza alimentaria.
Sin embargo,
los resultados han sido adversos pues en vez de disminuir el número de
ciudadanos que no tienen que comer, aumentó, lo que significa que hay más
hambre que antes.
Se trata de
un programa destinado al fracaso porque la única manera de abatir el hambre es
mejorando los ingresos de las familias y mejorando los salarios de los
trabajadores.
No obstante
la crudeza de los datos del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política
Social y del INEGI, en su tercer informe presidencial, Peña Nieto habló de
progreso en los programas sociales. Es una desdicha que un presidente pretenda
tapar la realidad, no con un dedo sino con un discurso.
En unos días
más, Fernando Toranzo dará su último informe y en consonancia con el
presidencial, seguramente hará un breve reconocimiento de que faltan cosas por
hacer y se extenderá prolíficamente en lo que hizo por los más pobres, los
olvidados, los que no tenían nada y ahora tienen algo.
Pero igual
que Peña, Toranzo no podrá ocultar la realidad tan ofensiva e indignante con un
discurso que se avista, plagado de cifras de escaso sustento y llevado al
paroxismo del optimismo.
Así es la
juerga política en los informes. No se trata de rendir cuentas sino de armar un
acto de elogio.
Tener hambre
es algo que no se le desea a nadie, ni a tu peor enemigo. Tener hambre y no
saciarla o de menos aliviarla de manera pasajera, es lo peor para el ser
humano. Lo primero que pierde es su dignidad.
Se ve
obligado a hurgar en la basura, entre los desechos, en los desperdicios como si
se tratara de un animal. Se ve obligado a robar, a delinquir, a portarse como
un delincuente y es probable que llevado por las circunstancias llegue a
agredir, a herir o hasta matar.
Se ve
obligado a mendigar por una moneda o para un taco o para un sorbo de agua o
para unos frijoles o para unas tortillas. Limosnear en las esquinas y acercas
de las calles, tocando puertas de las casas o extendiendo la mano en la parada
de los camiones.
Tener hambre
debe ser un infierno porque el hambre, como el fuego, abraza y consumen,
aniquila y convierte la carne en huesos y luego en cenizas y polvo. Tener
hambre es no dormir, no tener sueño ni tener descanso, es deambular nocturno y
vagar sin destino en busca de un mendrugo.
Por eso,
cuando se sabe que hay siete millones 140 mil ciudadanos: niños, adolescentes,
jóvenes, adultos y viejos sin que comer, no puede haber otra reacción sino la
de la indignación.
Los
senadores y diputados tienen su propio restaurante y no pagan de su bolsa para
comer; la familia presidencial tiene su propio chef y amplio menú de comidas
nacionales, regionales y extranjeras. Si les complace, pueden pedir lo que se
les antoje y si les parece poca cosa, ahí lo dejan.
Un diputado
local se gasta hasta diez mil pesos en una junta de trabajo y el Congreso se
gasta 20 mil pesos en comidas luego de una sesión.
Valga citar
esos ejemplos solo, para conocer el talante de nuestros servidores públicos que
ellos sí, nunca pasan hambres. Desde el gobernador hasta el más insignificante
de los presidentes municipales como sus tres veces al día con saciedad y de ser
posible hasta la gula.
Entre tantos
asuntos pendientes que tienen las instituciones nacionales y locales así como
quienes las dirigen con la sociedad, el del hambre es el más grave y nefasto de
los rezagos.
Las economía
no crece como se ofreció, el poder adquisitivo del salario no crece como se
ofreció, el ingreso de las familias no aumentan como se ofreció, el costo de
los alimentos básicos no baja como se ofreció, el costo de la electricidad no
declina como se ofreció, el precio de la gasolina no baja como se prometió.
Por eso hay
hambre y habrá más ciudadanos hambrientos: no hay empleos suficientes y bien
pagados y los ingresos en los hogares siguen en el mismo nivel de hace 25 años.
En 1992 el ingreso per cápita en México era de 3 mil 322 pesos y en 2014 de 3
mil 05 pesos a precios de 2010.
Amable
lector, seguramente entenderá si confiamos que muchas veces hemos tenido hambre
y que en ocasiones el dinero en el bolsillo no da suficiente, tal vez sean
ocasiones excepcionales, pero suficientes para entender lo que representa tener
hambre y no estar en condiciones de aliviarla, pero que siete millones 140 mil
mexicanos padezcan eso todos los días, eso sí que no tiene madre.
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