Con el informe del gobernador del estado del pasado
viernes, se ha cerrado una etapa insufrible para el estado. Por eso, ni para
qué ocuparse ya del nombre del gobernador,
ya sale sobrando.
El informe significó el final de una administración de
la que se esperaba mucho y solo mostró sus miserias resultado de un doble
discurso, una doble cara y…una doble moral, de ahí que citar su nombre sea a
estas alturas del todo innecesario.
Es la última vez que vale la pena hablar de un
gobernador de tan escasa monta, un político más de esos que, por azares del
destino, tuvo la oportunidad de transformarse en estadista y que sin embargo,
no fue más allá de ser simple imagen decorativa. Por cierto, las más de las
veces, imagen tan estorbosa para quien realmente tomaba las decisiones que era
algo así como el jarrón viejo y pasado de moda que no encuentra acomodo ni en
el sótano.
Dos mil 190 días después, el sexto y último informe de
la administración saliente deja la seguridad de que son demasiados días para
haber hecho tan poco.
El último informe del gobernador cerró la historia de
52 mil 560 horas desperdiciadas en el ejercicio del poder.
Es un cliché, pero es cierto: seis años son poco
tiempo para hacer mucho, pero demasiado tiempo para no hacer nada.
Este reportero siguió al gobernador desde que era
precandidato y luego cuando se convirtió en candidato. Le seguí en su campaña,
el día de las elecciones y estuve en el PRI cuando Jesús Murillo Karma (el
mismo del Ya me canse) le levantó la mano y anunció que habían ganado el
gobierno.
Luego, lo seguí cuando le entregaron constancia como
gobernador electo, cuando pegaron en palacio de gobierno el decreto que
públicamente le hacía gobernador y luego, también estuve en su toma de posesión
y escuché su primer discurso como gobernador.
Me aprendí sus palabras y escribía notas acerca de sus
promesas y compromisos que de hecho me los aprendí de memoria.
También en ese transcurso, conocí a los grupos de
poder que lo patrocinaron e impulsaron hasta convertirlo en gobernador: no es
que confiaran en él, sino que no tenían a nadie más a quien lanzar al ruedo.
El viernes, el último informe completó el clásico
ciclo de la política en el que quien gobierna se marcha hastiado, hasta la
madre de la enorme responsabilidad que implica gobernar, pero en el que a su
vez los ciudadanos, también terminan hasta la madre de su gobernador. Es el
círculo perfecto de una mala historia.
Podríamos detenernos en el contenido del último
informe, en su narrativa, en sus números, en sus proclamas en sus confrontas
con la anterior administración, pero eso resulta otra pérdida de tiempo: no hay
ninguna diferencia con los informes anteriores, pues el sexto fue la suma de
los cinco de antes. Vaya, un resumen, pues.
Como reportero, este tecleador ha visto pasar gobernadores desde hace 25
años y les puedo asegurar que el que se va ha sido el más rabioso e iracundo,
el más soso y altanero, el más insípido y medroso que haya visto. Ninguno como
él para achicarse ante los problemas del estado, ninguno como él para encontrar
pretextos, ninguno como él para echar la culpa a los demás.
Nadie como él para la doble moral, nadie como él para
aparecer como un gobernador pobre y vivir como un jefe de familia rico, nadie
como él para dilapidar los recursos públicos en beneficio de su confort.
Nadie como él, para aplastar a quienes le criticaban o
denunciaban sus abusos, nadie como él para torcer la ley en beneficio de amigos
y compadres y colaboradores y achichincles. Nadie como él para soltar lágrima
viva para ocultar la medianía de sus capacidades.
El viernes con el último informe, el gobernador ha
completado la escritura del libro en blanco de la nueva historia que había
prometido escribir para los potosinos. Se fue el tiempo y el gobernador no deja
memoria de nada importante salvo los dos millones de pesos en cuadernos de
logros que pronto, alguien más hará pedazos.
El sexenio perdido ha concluido, le tocará a Juan Manuel
Carreras López intentar levantar al estado de la ruina. Como en todo México, la
desconfianza ha sepultado a los gobernantes y en el caso de San Luis, el
gobernador que se va deja una profunda crisis de confianza, algo bastante
difícil de reconstruir.
Levantar una administración pública eficiente a partir
de los cimientos de mediocridad que deja el gobierno saliente, exige
inteligencia, talento, creatividad, voluntad, responsabilidad y sobre todo,
compromiso social. Si Juan Manuel Carreras López quiere ser un buen gobernador,
que empiece viendo el ejemplo del gobernador saliente y que aleje toda
tentación de parecérsele.
Desafortunadamente su origen es el mismo y viniendo
del PRI y sus nefastos aliados, es para poner pesimista al más esperanzado. Cambian
los nombres, pero siguen las mismas mañas.
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