En
pleno cierre de campañas de los candidatos a cargos de elección popular se
siente una especie de vacío, hay un sentimiento de insatisfacción; es la
sensación de que algo no se hizo bien.
Tres
meses de campaña supondrían la mar de tiempo para hacer muchas cosas y hacer de
las campañas ejercicios de política de calidad, pero del mismo modo da la
impresión de que fue tiempo desperdiciado. Tiempo perdido.
Lo
que el amable lector presenció en dos debates de candidatos a gobernador y en
uno a presidente municipal de la capital, resume el tipo de campañas y la clase
de comportamiento que partidos y candidatos tuvieron en el período legal para
hacer proselitismo.
Lo
que usted escuchó o lo que usted leyó en
los últimos meses acerca de las campañas es exactamente lo que dibuja de cuerpo
entero a partidos y candidatos: arrogancia, soberbia, altivez, cinismo,
simulación, engaño, manipulación y hasta ignorancia supina.
Todos
sin excepción, dicen que van a ganar, es más, que ya ganaron: ya ganamos
afirman principalmente los candidatos del PRI, PAN, PRD. Lo dicen en sus
discursos de cierre, lo repiten en sus redes sociales y lo gritan al aire como
si se tratase de un hecho consumado.
¿Y
los ciudadanos, los que van a votar, los que van a decidir, a ellos quien los
respeta?, parece que nadie.
Sin
un ápice de autocrítica, candidatos y partidos cierran sus campañas y no se han
detenido a revisar si lo que hicieron fue digno de una campaña. Si actuaron con
decencia y se alejaron de las trampas, si dignificaron la política o la
ensuciaron más con sus actos.
Durante semanas, se expandieron rumores, se
lanzaron chismes y especulaciones, se ventilaron conversaciones privadas, se
invadió la intimidad de las personas, se montaron hechos noticiosos en sonados
actos teatrales, se difundieron imágenes agraviantes, se insultó a candidatos,
se filtraron datos y se armaron complots. Todos en las campañas.
Hubo
en distintas regiones del estado, persecuciones, agresiones, hostigamiento,
amenazas a promotores electorales de candidatos adversarios, servidores públicos de los tres niveles de
gobierno intervinieron a favor de candidatos, se utilizaron recursos públicos y
como siempre, se prodigó la compra de voluntades mediante dádivas y promesas de
dinero o de trabajo.
Hubo
traiciones de miembros de un partido que por interés se marcharon a otro y
también chantajes de grupos y organizaciones que vendieron su lealtad a algún
partido y a su candidato.
Pero
sobre todo, hubo en las campañas una actitud ponzoñosa para buscar destruir en
lugar de promover. No se hizo campaña para la gente sino para los grupúsculos
que controlan los partidos. Les hicieron fiesta, les regalaron comida, ropa y
les ofrecieron bailes y dinero.
Lo
que se vio en las campañas fue lo peor de la política: las malas artes del ser
humano al servicio de los candidatos hambrientos de votos.
En
el cenagoso territorio de los partidos políticos cualquier cosa es válida con
tal de que beneficie al candidato o perjudique la campaña del adversario. Ni
siquiera se puede justificar que así debe ser pues es una guerra, pues al menos
en las guerras hay código de honor para no caer en la barbarie.
En
las campañas no: a diario se traga al prójimo y luego se escupe para exhibirlo
como un trofeo.
A
horas ya de concluir el período de campañas, hay algo incontestable: que poco
se les crea a los candidatos por su proclividad a la corrupción y al engaño.
De
más de 800 candidatos en campaña, valga como ejemplo, apenas siete hicieron
públicas sus declaraciones de intereses, de impuestos y de patrimonio
El
dato es útil para confirmar que las campañas han sido una farsa, ceremonia en
donde el necesario lenguaje de la verdad fue sustituido por el impúdico de la
mentira, de la simulación.
Los
que el amable lector vio y escucho en las campañas es tristemente todo lo que
hay, no hay más, de entre esos políticos hay que elegir. Cuanta desgracia, pero
de los siete que usted vio en los dos debates, de esos saldrá el o la
gobernadora, no hay más, en serio, no hay más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario