lunes, 4 de mayo de 2015

La farsa electoral o de a cómo por apoyar al partidazo

Un “promotor voluntario” del Partido Revolucionario Institucional toca la puerta de su casa. Usted lo saluda porque es vecino y acto seguido, éste le dice que tiene algo muy importante que comentarle,  “es algo que le puede interesar”. El priísta toma confianza y le dice que ya vienen las elecciones, que el partido va muy bien, que cuenta con los mejores candidatos y que por encima de todos está el candidato a gobernador, Juan Manuel Carreras.


¿Si lo conoces verdad?, interroga el priísta y, si pues como no, claro que lo conozco, lo he visto en las fotos, en la tele y en el periódico, le contestas. Acto seguido, el activista tricolor pregunta si conoces al candidato a la presidencia municipal y luego se repite la misma pregunta sobre el candidato a diputado. Por cortesía le contestas que sí, que en efecto los conoces y que son realmente buenas personas.


Luego, el priísta dice: “tengo algo que proponerte”. Las cosas están difíciles, el dinero no alcanza para mucho ¿verdad?, y pues tú sabes, un dinerito extra siempre cae bien, uno nunca sabe, resuelve categóricamente en tono filosofal.


Mira, agrega, te quiero invitar para que representes al partido en la casilla que nos toca aquí en la calle, ya sabe es el siete de junio. Te vamos a dar una capacitación y luego el día de las elecciones, tú nos vas a representar en la casilla. Estamos pagando, perdón, ofreciendo un apoyo de 250 o hasta 300 pesos; pero también te llevamos un refrigerio y te damos saldo para el teléfono por si surge una emergencia.


No, la verdad no me interesa, le dices como con intención de que se vaya y te deje en paz, pero el priísta es más aguerrido que un vendedor de pomada para los cayos y juanetes y te insiste. Anda, ayúdanos, si ganamos, que tal si te toca algo.


Al ver que fracasa en su intento por reclutar a un representante de casilla, el priísta adopta una actitud suplicante y te dice: ¿Podrías recibir en tu casa a mi candidato?, no a Carreras, claro, al candidato a la presidencia. Mira, hazme ese favor, tú nada más recibes al candidato con una bienvenida, invita a algunos de tus amigos, familiares y vecinos; nosotros llevamos el toldo, las mesas, el equipo de sonido y un refrigerio.

Ora que si le quieres invitar un café o una comida al candidato sería mejor, mira que es bien buena onda, es un hombre bueno, estoy seguro de que si gana luego te echa la mano, a él no se le olvida cuando alguien le echa la mano.

No, le dices en actitud cortante, pero el promotor no se deja y ya como despedida te pide el voto. Ni hablar, para la otra será, pero no se te olvide, échanos la mano con tu voto, pídeles a tus hermanos, a tus papás, pídeles que voten por el PRI, vamos a cambiar juntos la historia.


Así ocurre cerca de mi casa en Soledad de Graciano Sánchez. Me han comentado amigos que de manera similar han  recibido ofrecimientos del Verde y de Nueva Alianza.


En las campañas, resucitan y se levantan de su sarcófago polvoriento y lleno de telarañas una cosa puramente antidemocrática que se le conoce como clientela partidista. Son sujetos que ven en las campañas la oportunidad para ganar dinero, hacer relaciones, hacer negocios redituables y sobre todo, anticipan la oportunidad de hacerse lugar en el presupuesto público.


Las clientelas electorales son presuntos líderes de la colonia, de la privada, de la calle, del departamento, del sindicato  o de donde usted guste y mande y se dedican a seguir al candidato a dónde éste vaya dentro de los límites posibles. Se hace un peregrinar de aduladores y aplaudidores que en realidad conforman un escenario de ficticio apoyo popular para el candidato.


Esas clientelas hacen lo que sea necesario: reparten volantes, pegan propaganda en los autos, lanzan por debajo de la puerta trípticos o calendarios, cromos con la imagen del partido y del candidato. Son una plaga.


Llega usted a su casa y se encuentra el cajón del buzón atiborrado de basura electoral y el piso tapizado de propaganda. Le llama la atención un folder tamaño carta del Partido Verde y en el reverso encuentra datos personales que han sido cubiertos con tinta negra, pero encima de éstos dice: “estimada familia…” bienvenidos al Verde.


¿Por qué ese partido utiliza los datos personales que se supone, están protegidos por la ley? ¿Por qué si ese partido ha sido sancionado por usar sin autorización esos datos, continúan haciéndolo? ¿Quién le dio permiso al Partido Verde para personalizar propaganda con el nombre, apellidos de la familia y domicilio?


Al Partido Verde eso no le importa. No le importa la ley y por extensión no le importan los ciudadanos.


Recibe usted una llama telefónica en momentos de apuro y trabajo. En el auricular usted escucha una voz con un eco a central de autobuses. Sin mayores contemplaciones pregunta a boca de jarro: ¿Conoce usted a Paulina? ¿Sabe que es candidata del PRI a diputada? ¿Estaría dispuesto a votar por ello? Enseguida le pones un alto y les dices que no quieres responder una encuesta, pero esa voz chillona y falsamente entusiasta te insiste: ¿Pero si votaría por Paulina? Te hartas y le dices, mire, no la conozco, adiós y le cuelgas.


Va usted a la tienda de la esquina por un sobrecillo de café y a la salida te encuentras algo semejan te a un río de gente: señoras con niños arrastrando del brazo, ancianas exultantes de felicidad y señores a paso lento. Llevan en las manos bandejas de comida, de paste, de gelatina. Con cualidades de equilibrista llevan también banderolas amarillas del PRD. Van felices, ya comieron en el mitin y les dieron su lonche para llevar, también les dieron su camiseta, su gorra y su refresco.


Los ve pasar porque van también a la esquina a esperar la llegada del camión, van de regreso a su colonia y cuando lleguen a casa pensarán: barriga llena, corazón contento.


Lo peor de las campañas no son los partidos políticos, ni tampoco los candidatos con toda y su enorme carga de conchudez, sino que lo peor es esa enorme fauna de presuntos activistas electorales que, mediante engaños atraen a los ciudadanos como a una borregada. Lucran políticamente con las necesidades de la gente, la engañan, juegan con ella.


Es tan triste la condición de vida de miles de personas, que en las campañas ven la oportunidad de comer, de echarse a la bolsa unos cuantos pesos y ven la posibilidad de que el futuro les cambie con un puesto en cualquier dependencia de gobierno.


Esas son las verdaderas campañas de los partidos, son tan oprobiosas que las propuestas de los candidatos palidecen por su frivolidad e ingenuidad, el verdadero engaño está en lo que se promete a cambio del voto: la despensa, la beca, el desayuno, los materiales de construcción, el dinero constante y sonante.


Lo que digan los candidatos es absolutamente prescindible, lo más grave ocurre en el subterráneo de las campañas, donde los activistas y sus clientelas hacen trueque por el voto.


Los políticos y los partidos están en la parte más baja en los indicadores de confianza entre las instituciones públicas. De no ser por la policía, los políticos serían los que menor credibilidad y confianza social tienen. En las campañas se pulen en sus vicios y artimañas, es así como ganan las elecciones.


Por eso los candidatos dicen auténticas tarugadas, como el señor candidato tricolor-verde-turquesa que, una vez que se faje muy bien los pantalones, va a tapar todos los baches de la ciudad.


No po’s si. Otro que quiere “transformar a la ciudad”.



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