Un “promotor voluntario” del
Partido Revolucionario Institucional toca la puerta de su casa. Usted lo saluda
porque es vecino y acto seguido, éste le dice que tiene algo muy importante que
comentarle, “es algo que le puede
interesar”. El priísta toma confianza y le dice que ya vienen las elecciones,
que el partido va muy bien, que cuenta con los mejores candidatos y que por
encima de todos está el candidato a gobernador, Juan Manuel Carreras.
¿Si lo conoces verdad?,
interroga el priísta y, si pues como no, claro que lo conozco, lo he visto en
las fotos, en la tele y en el periódico, le contestas. Acto seguido, el
activista tricolor pregunta si conoces al candidato a la presidencia municipal
y luego se repite la misma pregunta sobre el candidato a diputado. Por cortesía
le contestas que sí, que en efecto los conoces y que son realmente buenas
personas.
Luego, el priísta dice:
“tengo algo que proponerte”. Las cosas están difíciles, el dinero no alcanza
para mucho ¿verdad?, y pues tú sabes, un dinerito extra siempre cae bien, uno
nunca sabe, resuelve categóricamente en tono filosofal.
Mira, agrega, te quiero
invitar para que representes al partido en la casilla que nos toca aquí en la
calle, ya sabe es el siete de junio. Te vamos a dar una capacitación y luego el
día de las elecciones, tú nos vas a representar en la casilla. Estamos pagando,
perdón, ofreciendo un apoyo de 250 o hasta 300 pesos; pero también te llevamos
un refrigerio y te damos saldo para el teléfono por si surge una emergencia.
No, la verdad no me
interesa, le dices como con intención de que se vaya y te deje en paz, pero el
priísta es más aguerrido que un vendedor de pomada para los cayos y juanetes y
te insiste. Anda, ayúdanos, si ganamos, que tal si te toca algo.
Al ver que fracasa en su
intento por reclutar a un representante de casilla, el priísta adopta una
actitud suplicante y te dice: ¿Podrías recibir en tu casa a mi candidato?, no a
Carreras, claro, al candidato a la presidencia. Mira, hazme ese favor, tú nada
más recibes al candidato con una bienvenida, invita a algunos de tus amigos,
familiares y vecinos; nosotros llevamos el toldo, las mesas, el equipo de
sonido y un refrigerio.
Ora que si le quieres
invitar un café o una comida al candidato sería mejor, mira que es bien buena
onda, es un hombre bueno, estoy seguro de que si gana luego te echa la mano, a
él no se le olvida cuando alguien le echa la mano.
No, le dices en actitud
cortante, pero el promotor no se deja y ya como despedida te pide el voto. Ni
hablar, para la otra será, pero no se te olvide, échanos la mano con tu voto,
pídeles a tus hermanos, a tus papás, pídeles que voten por el PRI, vamos a
cambiar juntos la historia.
Así ocurre cerca de mi casa
en Soledad de Graciano Sánchez. Me han comentado amigos que de manera similar
han recibido ofrecimientos del Verde y
de Nueva Alianza.
En las campañas, resucitan y
se levantan de su sarcófago polvoriento y lleno de telarañas una cosa puramente
antidemocrática que se le conoce como clientela partidista. Son sujetos que ven
en las campañas la oportunidad para ganar dinero, hacer relaciones, hacer
negocios redituables y sobre todo, anticipan la oportunidad de hacerse lugar en
el presupuesto público.
Las clientelas electorales
son presuntos líderes de la colonia, de la privada, de la calle, del
departamento, del sindicato o de donde
usted guste y mande y se dedican a seguir al candidato a dónde éste vaya dentro
de los límites posibles. Se hace un peregrinar de aduladores y aplaudidores que
en realidad conforman un escenario de ficticio apoyo popular para el candidato.
Esas clientelas hacen lo que
sea necesario: reparten volantes, pegan propaganda en los autos, lanzan por
debajo de la puerta trípticos o calendarios, cromos con la imagen del partido y
del candidato. Son una plaga.
Llega usted a su casa y se
encuentra el cajón del buzón atiborrado de basura electoral y el piso tapizado
de propaganda. Le llama la atención un folder tamaño carta del Partido Verde y
en el reverso encuentra datos personales que han sido cubiertos con tinta
negra, pero encima de éstos dice: “estimada familia…” bienvenidos al Verde.
¿Por qué ese partido utiliza
los datos personales que se supone, están protegidos por la ley? ¿Por qué si
ese partido ha sido sancionado por usar sin autorización esos datos, continúan
haciéndolo? ¿Quién le dio permiso al Partido Verde para personalizar propaganda
con el nombre, apellidos de la familia y domicilio?
Al Partido Verde eso no le
importa. No le importa la ley y por extensión no le importan los ciudadanos.
Recibe usted una llama
telefónica en momentos de apuro y trabajo. En el auricular usted escucha una
voz con un eco a central de autobuses. Sin mayores contemplaciones pregunta a
boca de jarro: ¿Conoce usted a Paulina? ¿Sabe que es candidata del PRI a
diputada? ¿Estaría dispuesto a votar por ello? Enseguida le pones un alto y les
dices que no quieres responder una encuesta, pero esa voz chillona y falsamente
entusiasta te insiste: ¿Pero si votaría por Paulina? Te hartas y le dices,
mire, no la conozco, adiós y le cuelgas.
Va usted a la tienda de la
esquina por un sobrecillo de café y a la salida te encuentras algo semejan te a
un río de gente: señoras con niños arrastrando del brazo, ancianas exultantes
de felicidad y señores a paso lento. Llevan en las manos bandejas de comida, de
paste, de gelatina. Con cualidades de equilibrista llevan también banderolas
amarillas del PRD. Van felices, ya comieron en el mitin y les dieron su lonche
para llevar, también les dieron su camiseta, su gorra y su refresco.
Los ve pasar porque van
también a la esquina a esperar la llegada del camión, van de regreso a su
colonia y cuando lleguen a casa pensarán: barriga llena, corazón contento.
Lo peor de las campañas no
son los partidos políticos, ni tampoco los candidatos con toda y su enorme
carga de conchudez, sino que lo peor es esa enorme fauna de presuntos
activistas electorales que, mediante engaños atraen a los ciudadanos como a una
borregada. Lucran políticamente con las necesidades de la gente, la engañan,
juegan con ella.
Es tan triste la condición
de vida de miles de personas, que en las campañas ven la oportunidad de comer,
de echarse a la bolsa unos cuantos pesos y ven la posibilidad de que el futuro
les cambie con un puesto en cualquier dependencia de gobierno.
Esas son las verdaderas
campañas de los partidos, son tan oprobiosas que las propuestas de los
candidatos palidecen por su frivolidad e ingenuidad, el verdadero engaño está
en lo que se promete a cambio del voto: la despensa, la beca, el desayuno, los
materiales de construcción, el dinero constante y sonante.
Lo que digan los candidatos
es absolutamente prescindible, lo más grave ocurre en el subterráneo de las
campañas, donde los activistas y sus clientelas hacen trueque por el voto.
Los políticos y los partidos
están en la parte más baja en los indicadores de confianza entre las
instituciones públicas. De no ser por la policía, los políticos serían los que
menor credibilidad y confianza social tienen. En las campañas se pulen en sus
vicios y artimañas, es así como ganan las elecciones.
Por eso los candidatos dicen
auténticas tarugadas, como el señor candidato tricolor-verde-turquesa que, una
vez que se faje muy bien los pantalones, va a tapar todos los baches de la
ciudad.
No po’s si. Otro que quiere
“transformar a la ciudad”.
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