Este martes diecinueve de
mayo se cumplen veintitrés años de que Salvador Nava Martínez murió. En San
Luis Potosí, nadie como él ha contribuido a construir la democracia que hoy
tenemos.
Sin duda, tenemos una
democracia imperfecta, insuficiente y débil pero que marca una distancia
considerable de la autoritaria y represiva de hace apenas un par de décadas. El
voto valía tanto como un cacahuate.
La corrupción estaba en la
piel de los funcionarios públicos en todos los niveles empezando por el
gobernador. Se gobernaba para clientelas políticas y se utilizaba el poder para
enriquecer a algunos y para satisfacer el gusto de otros. Los abusos, la
ilegalidad, la injusticia, la impunidad prevalecían como algo normal a la vista
de todos.
A principios de los noventa,
Leopoldino Ortíz gobernaba la entidad con tanto desdén que su mediocridad era
conocida por todos. Había suplido a Florencio Salazar, víctima de los lobos
caciquiles dentro del PRI.
San Luis Potosí estaba
estancado. No crecía ni iba para ningún lado, se contagió de la abulia del
gobernador que solo tenía atenciones para las fiestas. La pobreza crecía, el
abandono se extendía a todos los sectores de la sociedad, mientras que desde el
gobierno se abusaba y se aplastaba cualquier intento de denuncia.
Entonces, regresó Salvador
Nava. Apoyado por importantes grupos de la sociedad y partidos de oposición, se
impulsó su candidatura a gobernador por la Coalición Democrática Potosina.
Perdió una elección
inequitativa organizada desde el gobierno, pero la gente no lo aceptó y por
decenas de miles salieron a las calles. Hubo movilizaciones, plantones,
enfrentamientos y al final la Marcha de la Dignidad. Fausto Zapara, gobernador
por el PRI solo duró catorce días en el cargo.
Nava logró, como lo había
hecho antes para ganar la presidencia municipal de San Luis Potosí, el
despertar de la conciencia de la gente: el obrero, el ama de casa, los
estudiantes, los empresarios y buena parte de la sociedad en su conjunto se
politizaron para impedir más abusos del poder y una imposición electoral
fraudulenta.
Nava ofrecía lo que quería
la sociedad: un gobierno en el que se reflejara su dignidad.
A veintitrés años de la
muerte del Doctor Salvador Nava los potosinos seguimos esperando que llegue
alguien a ofrecernos dignidad y no vales, despensas, cobijas, tarjetas o
regalos a cambio del voto.
Han corrido los años que ya
pronto alcanzarán el cuarto de siglo y la figura de Nava se fortalece en la
memoria ante la especie de políticos desnaturalizados e inconcientes que
tenemos enfrente.
Si medimos a Salvador Nava
con cada uno de los candidatos a gobernador que andan en plena guerra sucia,
habría que colocarlos de rodillas para abajo.
¿Cuál de los siete tiene la
probidad de Nava, la honestidad, la dignidad de Nava?
Ninguno, eso está claro.
En estos momentos, a tres
semanas de las elecciones del siete de junio, el poder público, los candidatos
y sus partidos nos muestran de lo que están hechos: lanzan encuestas
manipuladas para asegurar que van a ganar, andan echando la casa por la ventana
entregando dinero para que la gente se anime a ir a un mitin, los programas
oficiales de asistencia social hacen su labor de convencimiento.
La guerra sucia en todo su
apogeo: en la red de You Tube aparece un anuncio para descalificar a Sonia
Mendoza, candidata del PAN a gobernador, en municipios de la Huasteca la
violencia amenaza con estallar, en Soledad y la capital, la delincuencia se ha
metido al proceso electoral.
Y mientras, en el gobierno
estatal la consigna es que seamos felices que estamos en el año de Hidalgo.
Por eso, a veintitrés años
de la muerte de Nava se le extraña más que nunca. Los políticos que nos ha
tocado soportar, van al colmo del descaro y se ven como trogloditas que,
guiados por un instinto animal, buscan sobrevivir por la ley del más fuerte,
del más tramposo, del más salvaje.
En estos veintitrés años de
celebración de la muerte de Nava, nos preguntamos ¿Dónde está la dignidad?
Dónde la dignidad del
ciudadano para rechazar formar coros de aplaudidores y aduladores a cambio de
una promesa de un cargo público.
Dónde la dignidad del ciudadano
para rechazar una tarjeta del Verde para ir de compras a cambio del voto.
Dónde la dignidad del
ciudadano para mostrar rechazo a los mismos que le han golpeado.
Dónde la dignidad del
ciudadano para dejar de votar por los mismos que ahora lo tienen hambriento.
La dignidad ciudadana no se
ha recobrado desde los tiempos de Nava. Desde entonces, los políticos se han
encargado de envilecerla. Han despojado a la gente de su dignidad para,
amaestrada, domesticada, tenerla simplemente
como un número para el día de las elecciones.
Hay que extrañar a Nava
porque su ejemplo político no ha sido seguido por nadie, hay que extrañarlo
porque sus sueños de democracia en un gobierno participativo, compartido con la
gente, nadie los ha recogido.
Hay que extrañarlo y eso es
sencillo, solo hay que voltear y ver el tiradero de lodo y corrupción en
palacio de gobierno y en el municipal también. Vea al gobernador y al alcalde,
a los diputados y a los regidores, tan solo verlos y se entiende que no tienen
remedio.
Lo suyo no es la dignidad
propia ni la dignidad de la gente.
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