lunes, 11 de mayo de 2015

Del debate o cómo se hace un bodrio infumable

Del debate o cómo se hace un bodrio infumable

Antonio González Vázquez

Hubo un triunfador indiscutible del debate de candidatos a gobernador del pasado viernes. Estuvo mesurado, sereno. Mantuvo el control de sus emociones, reconoció fallas y solicitó disculpas por ello. Mucho menos hizo promesas vanas, ese nunca ha sido su papel.

Se le vio dominador del escenario; cuando fue necesario habló con energía y se desenvolvió ante las cámaras con frescura, con vivacidad. No le ganó el nervio o la presión y en todo momento mantuvo una imagen intachable, fue el ganador del debate.

Y el ganador es…Manuel López Ramírez, el avezado moderador e inteligente conductor del debate de candidatos a gobernador hizo bien todo lo que los candidatos hicieron mal.

Es decir, comunicar algo correctamente.

Lució seguro de si mismo y los candidatos, no; habló sin arrastrar ni confundir palabras, leyó bien y fraseo bien, no se equivocó. Utilizó con eficiencia cada segundo de tiempo que le correspondía y los candidatos, no.

Manuel fue al parecer, la única voz juiciosa e inteligente de la noche.

Mal por los candidatos, pero eso no es novedad, ya se esperaba un resultado desastroso como el de la noche del viernes, aunque a decir verdad, tal vez rebasó con creces las expectativas más pesimistas que se tenían.

Dos horas de tedio en un programa infumable, con una producción televisiva fallida y mediocre, errores técnicos y humanos garrafales. Una transmisión infumable no apta para audiencias críticas o medianamente inteligentes.

El debate entre candidatos a gobernador no fue otra cosa sino un simple programa de televisión de esos a los que cualquiera le saca la vuelta en busca de algo divertido o entretenido. En horario triple A, las posibilidades de audiencia en la actual coyuntura de globalización de la información y el entretenimiento, debió colocar al mal llamado debate como un evento para minorías desinformadas.

Como espectáculo valió un cacahuate.

En el plano político, el gran derrotado fue el único actor ausente en el debate: Fernando Toranzo Fernández. Su administración fue demolida, le pasaron la guadaña una y otra vez. Lo hicieron polvo.

Los candidatos a gobernador correspondieron a lo que en esa perspectiva se esperaba, ni más ni menos:

Juan Manuel Carreras a la defensiva, temeroso, pertrechado en su presunta  valía de su trayectoria en la administración pública. Se le ve ya agotado física y emocionalmente, su narrativa es la de un tecnócrata de otros tiempos. Se le vio como un burócrata en busca de un voto que sabe, se le está yendo de las manos. Quiso ser el más juicioso, el más inteligente y terminó siendo el gris de la noche. De él se espera un impulso a gran escala para levantar la campaña, pero no, parece que se desinfló más. Tuvo miedo, le temblaron las piernas y se le secó la boca nada más de pensar que su principal promotor es Fernando Toranzo.

Sonia Mendoza Díaz fue al debate con la confortable estrategia de a ver que sale. Como ella y los suyos estiman que llevan la delantera, entonces no hay porque arriesgar la delantera. No parecía candidata de oposición y a la necesaria combatividad la suplió con una actitud de “buena onda”. Dubitativa en la lectura de tarjetas, sin carisma ni foco ante las cámaras, la panista perdió uno de sus pocas fortalezas: ya no es la única mujer candidata. Dejo ir a Carreras y perdonó a Toranzo de un juicio lapidario pues su desinformación no le permitió exhibir las miserias de la actual administración con la crudeza necesaria. Como Zapata hace seis años, Sonia ya cree que ganó las elecciones.

Fernando Pérez Espinosa fue al debate con la esperanza de que no le recordaran tanto su pasado, pero se equivocó. Habla como priísta, piensa como priísta, actúa como priísta, propone como priísta, ofrece como priísta, luego entonces Calolo no puede dejar de ser priísta solo porque  no esté ya en ese partido. Aunque se desenvolvió bien, no fue suficiente, hay pruebas que acreditan que de lo que ahora ofrece, antes lo desdeño o combatió. Su problema en el debate fue que cualquiera que hiciera memoria de su vida y obra como presidente y diputado del PRI, de inmediato lo catalogaría como un farsante más.

Eugenio Govea Arcos no desaprovechó un solo momento del debate. Actuó como se esperaba: como un náufrago en medio del mar al ver a la distancia una isla desierta. No es que haya sido el mejor, sino que tuvo presente que lo suyo tendría que ser el ataque frontal, directo y contundente contra quien se le pusiera enfrente, de preferencia, empezando por el gobernador Toranzo. Hizo lo que tenía que hacer porque se sabe derrotado. Sus posibilidades de triunfo son tan mínimas que es más fácil que la Procuraduría de Justicia detenga y ponga ante un juez al pederasta Eduardo Córdova Bautista y a la alcaldesa Victoria Labastida. No obstante, Govea mostró lucidez y agresividad, si lo pusieran solamente con Carreras lo aplastaría en tres minutos.

Del resto, solo Sergio Serrano Soriano tuvo momentos de lucidez, como cuando en un par de ocasiones les echo en cara a Carreras, Sonia, Govea y Calolo que todos, en su momento, avalaron actos de corrupción de sus jefes políticos, haya sido Toranzo o Marcelo. Que ahora pretendan sepultar sus historias personales, es el despropósito eterno de los políticos que creen pasar por puros y santos cuando en realidad quedaron bastante sucios a su paso por el lodazal.

Dichos, muchos. Juicios y sentencias, muchas. Declaraciones tronadoras, bastantes. Acusaciones, de sobra. Ideas claras y propuestas viables, esas fueron las que faltaron.

No podía de ser de otro modo,  es simplemente el reflejo de la mediocre clase potosina que tenemos.

Es una pena, pero de esos siete candidatos saldrá el próximo gobernador. Pobre San Luis, en manos de políticos falseadores, simuladores, arrogantes, engreídos, rapaces. En el debate eso se mostró, se les vio lo que quieren esconder de lo que realmente son.

Viene otro debate, otro espectáculo lastimero del que aunque usted no lo crea, algunos de ellos saldrá a decir que lo ganó, como si eso le fuera a granjear una admiración tumultuaria o como si fuera algo de que ufanarse.

Ni hablar, como bien se sabe, en tierra de ciegos el tuerto es rey.


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