Los partidos políticos
destacan por ser de las instituciones públicas que gozan del mayor descrédito.
Se les asocia con el engaño, la corrupción, la deshonestidad, la simulación, el
oportunismo y la inmoralidad. La ética y los valores positivos de las personas
y de la sociedad en su conjunto no parecen formar parte de su razón de ser.
A su vez, la clase política
que integra los cuadros partidistas, especialmente los de dirección, poseen de
suyo, valores similares a los de sus partidos, es decir, son una especie de
antihéroes en lo que más que confiar
habría que temer.
Los niveles de confianza
ciudadana en los partidos suelen rayar por los suelos de la percepción social y
se les coloca a menudo junto a los diputados, las corporaciones policíacas y
los alcaldes.
No es gratuita la
desconfianza ciudadana en los partidos políticos, de los que hay que desconfiar
así sean de centro, derecha, izquierda o de cualquier cajón donde se
coleccionan las ideologías.
La actual crisis de
inseguridad por la que atraviesa el país en la que se ha destapado la cloaca de
la perversa relación entre el crimen organizado y los políticos, solo viene a
comprobar que los partidos se han convertido en nido de delincuentes, en
academia donde obtienen los políticos obtienen licencia para violar la ley y
corromper todo lo que tocan.
No obstante que ese
descrédito es cada vez más aplastante, la sociedad sigue manteniendo a los
partidos políticos y pareciera que entre más crece su mala fama, más recursos
públicos se les da.
De acuerdo con el proyecto
de presupuesto del Consejo Estatal Electoral para las elecciones de junio del
año próximo, se requerirá de recursos por aproximadamente 357 millones de
pesos, de los cuales, 128 millones de pesos irán a los partidos políticos como
financiamiento de sus actividades de proselitismo electoral.
Organizar el proceso
electoral costará 154 millones de pesos a lo que se suman más de 62 millones de
pesos para la burocracia electoral, tan insaciable como creciente.
Asusta realmente concebir
cómo es que a los políticos y sus partidos en los que no se confía, se les vaya
a destinar un promedio de diez millones de pesos mensuales en el 2015.
Es de dar pavor que buena
parte de esos 128 millones de pesos serán utilizados en una cruzada
propagandística basada en la mentira a fin de conseguir apoyo y el voto de los
electores. 128 millones de pesos que irán a la basura.
Los números convertidos
en pesos y centavos son espeluznantes y
para desgracia, a la hora de la rendición de cuentas lo que hay es poca
claridad y si mucha opacidad. Tras cada proceso electoral queda sembrada la
duda acerca del uso legal de los recursos públicos, pues por lo general se
aplican sanciones menores que no sirven de ejemplo para nadie.
Igual, cada año hay
sanciones a los partidos que no acreditaron el ejercicio de los recursos
públicos en materia de financiamiento, pero siempre siguen haciendo lo mismo.
Por lo general, integrados
por una clase política de orfandad intelectual y de principios, los partidos se
han convertido en un gran negocio, son como una franquicia en la que solo
aplica la idea de ganar-ganar.
Aunque los partidos suponen
una cierta representatividad de la diversidad y pluralidad ideológica y de
pensamiento de la sociedad, en realidad no la representan ni la reflejan,
puesto que son además organizaciones cerradas y verticales donde unos son los
que mandan.
Los llamados jefes
políticos, los mal llamados líderes que suelen encabezar grupos convertidos en
facciones de acción eminentemente facciosa son los dueños de los partidos, de
sus colores, sus membretes y sus acciones.
Los partidos sin importar su
clase o tamaño están llenos de esos grupúsculos, de hecho, todos los miembros
de los partidos aspiran a crear un grupo o en su caso, formar parte del más
fuerte para de ahí poder hacer planes para saltar a las ligas mayores del
gobierno, del presupuesto.
Si bien los partidos tienen
como objeto de ser y como propósito político alcanzar el poder y así gobernar,
en los hechos no es más que un eufemismo, lo que buscan es servirse primero
ellos, luego sus más cercanos, luego sus amigos y parientes y después el comité
del partido y ya si se puede y se acuerdan, de los ciudadanos.
No obstante, de los impuestos
que pagamos todos los ciudadanos, esos partidos tan desacreditados van sentarse
sobre fajos de billetes con el pretexto de que habrá elecciones democráticas en
San Luis Potosí.
Como somos una sociedad
civilizada y tenemos leyes y nos preciamos de respetar el estado de derecho,
elegimos a nuestros gobernantes por la vía del voto y por eso vamos a votar,
para cumplir con nuestra obligación cívica y para hacernos responsables del
tipo de autoridades por las que votamos.
Sin embargo, cada vez
resulta más decepcionante ir un domingo a votar, ya no concita interés y menos
aún, entusiasmo, ir a formarse a la casilla, entregar la credencial de elector,
recibir las boletas, cruzarlas e introducirlas en distintas urnas.
Ya no se renueva con ello la
esperanza de que con el voto pueden cambiar las condiciones de vida, eso es lo
más grave.
No despierta el ánimo cívico
por escuchar a candidatos o leer las propuestas y proyectos de los partidos,
todo es basura.
Ya no dan ganas de ir a
votar, no porque el voto no sea el único instrumento con el que hablan y
sancionan los ciudadanos, sino porque la confianza en los partidos y en sus
políticos se ha desvanecido.
Corruptos, demagogos,
falaces, oportunistas, derrochadores, desvergonzados… ¿cómo se puede confiar en ellos?
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