lunes, 24 de noviembre de 2014

El ocaso de un Big Star

Un día como hoy de hace dos años, estábamos en vísperas de la unción de Enrique Peña Nieto como presidente de la república. Eran días de convulsión política porque se le acusaba de haber ganado por la vía de la compra masiva de votos. Eran días de conflicto pero al mismo tiempo de esperanza.

Había movilizaciones en el país, los ánimos estaban crispados, las redes sociales se desbordaban en convocatorias a la protesta. En la ciudad de México el ejército y la policía se atrincheraron contra los inconformes. Enrique Peña Nieto se colocó la banda presidencial en un Congreso sitiado por la fuerza pública.

Lejos de la gente y cerca de la clase política y de los pocos hombres de real poder económico, así empezó Enrique Peña Nieto su primer día como presidente el primero de diciembre de 2012.

No ha pasado mucho tiempo, apenas vamos para dos años y Peña está metido en una crisis de enorme magnitud, una crisis de la que nadie habría pensado que nacería tan temprano en el sexenio. Una crisis de desconfianza, una crisis en todo un océano de dudas, una crisis institucional, política y sobre todo, de leyes, de ausencia de estado de derecho.

El presidente de rostro de canal de las estrellas del primero de diciembre de 2012 se ha ido desvaneciendo desde entonces. Se le ve medroso y anda con aires de sufrimiento, le pintan canas el ceño se ha endurecido, se le nota la impotencia cuando se dibuja  en su rostro un duro apretón de quijada.

Ya no es el apuesto caballero del primero de diciembre de 2012, ya no desprende esa aura de éxito y felicidad. Ya no lo acompaña ese don que irradiaba un poder inconmensurable, se han acabado los días en que las féminas gritaban “bésame Enrique”, “papacito, eres una chulada”.

No es lo mismo ahora. El piropo se ha apagado y ahora son miles los que le acusan, que le injurian, que piden su renuncia.

Aún lo recuerdo: Peña Nieto y su esposa caminando en la plaza del Carmen, protegidos por el miembros del Estado Mayor Presidencial. Grababan un spot de campaña. Cerraron la plaza para ellos. La gente, detrás de las vallas le gritaba: “Enrique, ven, por favor, una foto” y le manifestaban una admiración convertida en cuasi devoción.

A su esposa, Angélica Rivera también la llamaban por un autógrafo. Las damas querían una foto con la Gaviota.

Y Peña sabedor de su encanto se dejó querer, se acercó a la valla y mientras los reporteros le hacíamos algunas preguntas, una horda de mujeres de todas las edades y tallas se le abalanzaron, una le mostró su busto y le pidió que allí le dejara un mensaje.

Bueno, ese Peña que despertaba fuerzas inconmensurables parece estar cobrando ya un olor a algo avejentado, los días de acontecimientos memorables han sido sepultados por una marejada social de irritación e indignación.

Incluso, parte de la clase política y de la prensa que se expresaba en exceso obsequiosa, casi con servilismo, ha mostrado ahora una actitud distinta. Son ahora días de crisis en un gobierno que solo estaba preparado para los mensajes de buena ventura en horario triple A.

De la fatídica noche del 26 de septiembre al día de hoy, han corrido 59 días. De la desaparición (forzada) de los 43 normalistas de Ayotzinapa, hoy nos aproximamos a los dos meses sin que se sepa de ellos, salvo la increíble historia oficial de su ejecución a manos del crimen organizado.

Igual lapso de tiempo es el que lleva la crisis de gobierno de la presidencia de Enrique Peña Nieto e igual número de días es el de la crisis profunda que se ha destapado en los partidos políticos y buena parte de las instituciones públicas del país.

Faltan 43, es el reclamo en muchas ciudades del mundo y en todo el territorio nacional. La gente en el culmen de su hartazgo ha ganado la calle y han llenado las plazas, han lanzado consignas, han vandalizado y también han encendido veladoras y han orado.

Y mientras tanto, el presidente cuando habla sobre el tema lanza palabras que solo terminan por irritar al público, se le nota su destemplanza y se le percibe como un actor de mediana categoría que a punto del llanto, ofrece hacer justicia y defender a la patria.

La estrella presidencial se está opacando, se apaga poco a poco porque hay un eclipse total, la sombra del crimen, de la corrupción, de la impunidad, han oscurecido el rostro siempre feliz de un presidente más preocupado por su sonrisa que por los ciudadanos.

En China a donde fue Peña en vez de ir a Iguala, al presidente le tomaron una fotografía que dio la vuelta al mundo de la prensa. El presidente de México cavando un hoyo para plantar un árbol en una muestra de amistad con ese país asiático, mientras que en México, en Guerrero, la policía, peritos y forenses cavaban fosas para rescatar cuerpos putrefactos.

Son cosas como esas las que tiene a Peña en el caldero de la impopularidad. Paradoja al estilo Casa Blanca, al Big Star se le cae el telón encima y ni siquiera la Gaviota ha podido ayudarle.

En una semana el presidente cumplirá dos años como presidente de la república y no son días propicios para celebrarlo. Tal vez sea preferible pasar por alto la efeméride pues los reclamos, la inconformidad, la irritación parecen ir para largo.

Tanto así que es posible que la crisis presidencial alcance a su partido en los comicios de junio próximo. El PRI del carro completo, a la luz de la crisis actual de su jefe nato, brillará por su ausencia en beneficio de otras fuerzas políticas, de otros partidos tan malos o peores que el tricolor.


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