La barbarie se ha apoderado
del país y el momento del Saving México se ha convertido Burning México. En
estos días terribles de historias sobre bestialidad, nada sigue siendo tan
importante como los cuarenta y tres desaparecidos.
Ni la Casa Blanca de la
pareja presidencial, ni los trenes bala, ni las gigantescas reformas, ni las
elecciones, ni la economía, ni el presupuesto, ni el carro completo del PRI, ni
los moches de los diputados, ni el viaje a China y Australia, nada, nada es tan
importante como los cuarenta y tres desaparecidos.
Ni el ya me canse, ni los
Abarca, Ni los Chuchos o Bejaranos, ni las decenas de detenidos, ni Aguirre,
Navarrete, Aureoles o Barbosa. Nadie es tan urgente como los cuarenta y tres
desaparecidos.
Ya no están y sin embargo
están presentes. En las calles, en las plazas públicas, en las bombas molotov
lanzadas contra palacio nacional. Voces llenas de rabia, voces que crecen en su
ira, voces y puños que se levantan en un país de muertos.
México está en las primeras
planas y en los editoriales de la prensa mundial, el Times, el Post, el País,
ABC, Independent, Le Monde, CNN. El salvajismo mexicano expuesto en grandes
titulares y, en reflexiones pasmosas de lo que ocurre en un país que parecía
estar en el umbral del primer mundo.
En la prensa global se
publicaron las consignas a viva voz y las pintas en muros de EPN fuera, Renuncia
Peña. El presidente que presume haber cumplido anda de viaje, lejos de las
fosas, lejos del hedor de los cuerpos y muy lejos del reclamo social.
Escuchar la narrativa
ministerial de los asesinos despiadados, ha sido como bajar al quinto círculo
de los Infiernos de Dante. Escuchar en el silencio, en la oscuridad de la casa
la narración de los asesinos deja una sensación de tristeza y desaliento
inenarrables.
Matar en México, ejecutar en
México es un acto cotidiano pero en Iguala ese acto se transformó en una de las
mayores monstruosidades de nuestro tiempo. ¿En qué clase de país pueden
formarse asesinos de tal naturaleza?
Ya no están presentes, los
mataron, los quemaron, los hicieron añicos hasta quedar polvo, cenizas. Dice
que el gobierno que a los cuarenta y tres los mataron, pero la nación ya no se
los cree.
El relato criminal es
devastador y muestra ejemplar de lo podrido que está el país empezando por sus
gobiernos y su clase política. El relato de muerte está en la memoria de la
prensa, en las redes sociales, en todos lados. Se puede volver a ver y escuchar
cuando convenga recordar que somos un país cuasi cavernario.
Han sido días terribles, van
ya para medio centenar en los que lo único que se asoma en el país es el rostro
cadavérico de la muerte.
Vivos se los llevaron y
muertos los trajeron. Vivos se los llevaron y en cenizas los devolvieron. Vivos
se los llevaron y el Estado no pudo, el Estado se cansó.
Todos los días hay marchas,
manifestaciones, discursos, consignas, oraciones. Todos los días se renueva el
reclamo porque ya sin los cuarenta y tres, los mexicanos exigimos justicia y
exigimos un nuevo país, ya no éste que ´parece ser una porquería.
Todos los días hay gritos en
las plazas y ante los palacios de gobierno y en las oficinas y cuarteles de la
policía porque ya no se puede tolerar más la impunidad.
Los cuarenta y tres están
muertos, los mandó matar el Estado. El crimen institucional de un Estado que
tiene bandas de sicarios a su servicio. Malditos unos y malditos los otros, los
que ordenan y los que ejecutan.
Es momento de qué México de
un viraje a su historia, es un tiempo crucial y la sociedad tiene mucho que
decir e impulsar. ¿Quién se habría imaginado ver arder la puerta de palacio
nacional en el corazón del país?
Sí es posible lograr
cambios, lo es si la gente se lo propone, si la sociedad exige y reclama con el
puño cerrado. Ya no podemos seguir con instituciones prostituidas en maridaje
de corrupción con el crimen.
Ya no hay lugar para el
silencio, aunque estos días terribles sean días de luto.
Cormac McCarthy, es un
escritor norteamericano, un gigante de las letras y conoce a México. Escribió
en su novela Meridiano de Sangre: “En México no hay gobierno. Qué diablos, en
México no hay Dios, ni lo habrá nunca. Nos enfrentamos a un pueblo
manifiestamente incapacitado para gobernarse ¿Y sabes lo que ocurre con el
pueblo que no saber gobernarse? Exacto: que vienen otros y gobiernan por
ellos”.
Se trata de una novela que
retrata de manera oscura y sangrienta, los conflictos entre forajidos y
soldados americanos con caciques y militares mexicanos en tiempos de la
posrevolución mexicana en la franja fronteriza. Desde entonces, los militares,
gobernadores y rufianes mexicanos, eran de lo más
sangriento.
Parece que nada ha cambiado.
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