El Partido Revolucionario
Institucional tiene una enorme mancha. Parece algo pastoso, purulento. Algo que
supura y provoca cierto aroma pestilente.
Por más que se le quiere
limpiar con cuanto remedio casero o fórmula química, la mancha en vez de
disminuir crece. Nadie sabe bien a bien cómo es que esa mancha ultrajo al
glorioso escudo del partido. Solo se sabe que la mancha apreció un día sin que
nadie se diera por enterado. Todo parecía ir tan bien, tan bonito.
El partido, luego de sufrir
la vergüenza de la derrota, admitida por sus divisiones internas, por sus
pugnas frecuentes, por la ausencia de disciplina y sobre todo, por el mal
ejemplo de corrupción e ineficiencia que dieron desde el gobierno algunos de sus
más notables próceres. Luego de seis años lejos del poder, el partido regresó a
palacio de gobierno.
Fue, todos lo recuerdan, una
victoria de la democracia, el triunfo elocuente de las ideas, de los proyectos
del partido. El pueblo llevo con sus votos al partido de nuevo al triunfo sobre
otro partido, herido por el descrédito, el desenfreno y la soberbia.
El partido eligió a quienes
en su momento, dijeron y juraron, “es un hombre bueno”. La gente lo vio y de la
sorpresa a la esperanza, dijeron: bien se ve que puede ser un buen gobernador.
Entonces, el partido regresó
al poder que a decir de muchos de sus militantes y altos dirigentes, nunca
debió haber dejado y con su nuevo guía, el partido empezó a gobernar y la gente
no tuvo dudas de que se dio un buen paso, un paso al futuro, por no decir que a
la eternidad.
Tras los días de fiesta por
la embriagadora victoria, el partido empezó a quedar en segundo plano, le
arrumbaron al rincón de los trastos viejos. No era siquiera una oficina anexa
al palacio del gobernador.
El gobernador formó su
gabinete y muchos miembros del partido vieron con tristeza que el partido, lo
que se dice el partido, pues la verdad no estaba gobernando y que por más que
se dijera, el gobernador parecía alejarse del partido que fue el que lo llevó
al poder.
Luego de un tiempo, para que
no se dijera que al gobernador no le interesaba su partido, llamó a uno que
creía que sería su aliado en esas cosas de la política, y le dijo, vete al
partido que en adelante será su presidente.
El gobernador tenía cosas
más importantes que hacer como por ejemplo llevar la justicia social a todos
los rincones del estado.
En sus primeros años, el
gobernador se olvidó de plano de su partido. Estaba entregado a transformar al
estado, a modernizarlo, a darle razones a la esperanza. A llevar luz a donde
había penumbra, a construir caminos en los pueblos olvidados, a llevar salud a
los enfermos, educación a los niños, justicia a las víctimas y progreso a los
desposeídos.
Aunque el gobernador estaba
firmemente convencido de que hacía lo que debía, la gente no acababa de ver
resultados claros del gobierno y se decía que el gobierno había empezado con un
arranque muy lento, que no había programa ni proyecto, que se veía ya un
gobierno sin rumbo, que era un gobierno lerdo y burocrático, de obras chiquitas
y sobre todo, un gobierno incoloro e insípido, o sea, gris.
Llegado a la mitad de su
mandato, se acordó que tenía partido y que había elecciones. El partido que
pese a todo seguía vivo, ganó otras vez muchas posiciones municipales y
legislativas, lo cual, el gobernador no entendió mucho, pues todos decían que
el partido iba a perder porque el gobierno la verdad andaba muy mal.
El gobernador en un arranque
de lucidez vio que el partido si sería importante para la segunda mitad de su
administración y mandó a un nuevo dirigente. Faltaba más, el que había puesto
tuvo la ocurrencia de pensar que podría ser gobernador y hasta donde sabía el
gobernador, gobernador solo él.
Ya con nuevo presidente, el
partido volvió a caer en el olvido del gobernador que creía seguía gobernando
con firmeza, eficiencia, mesura, probidad e inteligencia. Esa creencia se
empezó a desmoronar, sus castillos de arena construidos a base de toneladas de
retórica resultaban ya inconvincentes para todos.
En el partido se encendieron
las luces de alarma. Veían a un gobernador impopular, alejado del partido y
siendo factor de divisiones. Vieron en el partido que los más cercanos al
gobernador se convertirían en riesgo potencial para la imagen del partido.
De las altas esferas del
poder del partido mandaron a un nuevo presidente y decidieron que el partido
tendría una sana distancia con el gobernador, quien a estas alturas era más
bien una carga que una ayuda.
Le dijeron: tú a lo tuyo
gobernador, a gobernar bien, que para nosotros cono eso es suficiente. Mentira
piadosa que incluso el gobernador no se pudo tragar.
Total que el partido sin
consultárselo al gobernador, decidió que su candidato a gobernador será electo
por la democrática vía de la convención de delegados.
El partido espera que sus
delegados, llegado el momento, se comporten con altura y no caigan en la
tentación de la indisciplina que suele llevar a la rebelión y ésta a la
fractura y a la división.
No obstante, el partido se
ha dado cuenta que tiene esa enorme mancha en su escudo, en ese histórico
escudo tricolor. El partido ha visto que es una mancha que no se sabe definir
si es de mugre o una plasta de lodo cultivado en estiércol.
Es una mancha que se ha
venido extendiendo y endureciendo en los últimos cinco años a fuerza de mal
gobierno, de “vacío” de autoridad, de perversidad, de ineficiencia, de
atropellos, de uso faccioso y político de la justicia, de negocios en familia,
de funcionarillo que se han enriquecido a costa del erario público.
La mancha que se duda pueda
borrarse de aquí a las elecciones, tiende a crecer si se le toca y se vuelve
contra todos, por eso, dicen que el gobernador no gobierna, que son dos, que
son tres gobernadores, que hay un vicegobernador y tal. Y por si fuera poco, un
hermano incómodo tan procaz e hiriente para decir las verdades nunca dichas del
gobierno de su hermano.
Y el gobernador no le dice
nada, ya no digamos a la sociedad que tiene derecho a saber, sino ni siquiera a
su partido. No le dice nada y calla ante el escándalo que ahora no es solo para
el gobernador, sino también para su partido.
Esa mancha que representa
Fernando Toranzo Fernández para su partido, el PRI, es potencialmente el mayor
riesgo de nuevas derrotas. Lo que sucede en el gobierno es esa mancha que más
parece costra encima de la piel: cada día apesta más.
Es una frase trillada, pero
elocuente: buenos gobiernos dan votos, los malos gobiernos los quitan.
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