lunes, 13 de octubre de 2014

El PRI y su gobernador


El Partido Revolucionario Institucional tiene una enorme mancha. Parece algo pastoso, purulento. Algo que supura y provoca cierto aroma pestilente.

Por más que se le quiere limpiar con cuanto remedio casero o fórmula química, la mancha en vez de disminuir crece. Nadie sabe bien a bien cómo es que esa mancha ultrajo al glorioso escudo del partido. Solo se sabe que la mancha apreció un día sin que nadie se diera por enterado. Todo parecía ir tan bien, tan bonito.

El partido, luego de sufrir la vergüenza de la derrota, admitida por sus divisiones internas, por sus pugnas frecuentes, por la ausencia de disciplina y sobre todo, por el mal ejemplo de corrupción e ineficiencia que dieron desde el gobierno algunos de sus más notables próceres. Luego de seis años lejos del poder, el partido regresó a palacio de gobierno.

Fue, todos lo recuerdan, una victoria de la democracia, el triunfo elocuente de las ideas, de los proyectos del partido. El pueblo llevo con sus votos al partido de nuevo al triunfo sobre otro partido, herido por el descrédito, el desenfreno y la soberbia.

El partido eligió a quienes en su momento, dijeron y juraron, “es un hombre bueno”. La gente lo vio y de la sorpresa a la esperanza, dijeron: bien se ve que puede ser un buen gobernador.

Entonces, el partido regresó al poder que a decir de muchos de sus militantes y altos dirigentes, nunca debió haber dejado y con su nuevo guía, el partido empezó a gobernar y la gente no tuvo dudas de que se dio un buen paso, un paso al futuro, por no decir que a la eternidad.

Tras los días de fiesta por la embriagadora victoria, el partido empezó a quedar en segundo plano, le arrumbaron al rincón de los trastos viejos. No era siquiera una oficina anexa al palacio del gobernador.
El gobernador formó su gabinete y muchos miembros del partido vieron con tristeza que el partido, lo que se dice el partido, pues la verdad no estaba gobernando y que por más que se dijera, el gobernador parecía alejarse del partido que fue el que lo llevó al poder.

Luego de un tiempo, para que no se dijera que al gobernador no le interesaba su partido, llamó a uno que creía que sería su aliado en esas cosas de la política, y le dijo, vete al partido que en adelante será su presidente.

El gobernador tenía cosas más importantes que hacer como por ejemplo llevar la justicia social a todos los rincones del estado.

En sus primeros años, el gobernador se olvidó de plano de su partido. Estaba entregado a transformar al estado, a modernizarlo, a darle razones a la esperanza. A llevar luz a donde había penumbra, a construir caminos en los pueblos olvidados, a llevar salud a los enfermos, educación a los niños, justicia a las víctimas y progreso a los desposeídos.

Aunque el gobernador estaba firmemente convencido de que hacía lo que debía, la gente no acababa de ver resultados claros del gobierno y se decía que el gobierno había empezado con un arranque muy lento, que no había programa ni proyecto, que se veía ya un gobierno sin rumbo, que era un gobierno lerdo y burocrático, de obras chiquitas y sobre todo, un gobierno incoloro e insípido, o sea, gris.

Llegado a la mitad de su mandato, se acordó que tenía partido y que había elecciones. El partido que pese a todo seguía vivo, ganó otras vez muchas posiciones municipales y legislativas, lo cual, el gobernador no entendió mucho, pues todos decían que el partido iba a perder porque el gobierno la verdad andaba muy mal.
El gobernador en un arranque de lucidez vio que el partido si sería importante para la segunda mitad de su administración y mandó a un nuevo dirigente. Faltaba más, el que había puesto tuvo la ocurrencia de pensar que podría ser gobernador y hasta donde sabía el gobernador, gobernador solo él.

Ya con nuevo presidente, el partido volvió a caer en el olvido del gobernador que creía seguía gobernando con firmeza, eficiencia, mesura, probidad e inteligencia. Esa creencia se empezó a desmoronar, sus castillos de arena construidos a base de toneladas de retórica resultaban ya inconvincentes para todos.

En el partido se encendieron las luces de alarma. Veían a un gobernador impopular, alejado del partido y siendo factor de divisiones. Vieron en el partido que los más cercanos al gobernador se convertirían en riesgo potencial para la imagen del partido.

De las altas esferas del poder del partido mandaron a un nuevo presidente y decidieron que el partido tendría una sana distancia con el gobernador, quien a estas alturas era más bien una carga que una ayuda.
Le dijeron: tú a lo tuyo gobernador, a gobernar bien, que para nosotros cono eso es suficiente. Mentira piadosa que incluso el gobernador no se pudo tragar.

Total que el partido sin consultárselo al gobernador, decidió que su candidato a gobernador será electo por la democrática vía de la convención de delegados.

El partido espera que sus delegados, llegado el momento, se comporten con altura y no caigan en la tentación de la indisciplina que suele llevar a la rebelión y ésta a la fractura y a la división.

No obstante, el partido se ha dado cuenta que tiene esa enorme mancha en su escudo, en ese histórico escudo tricolor. El partido ha visto que es una mancha que no se sabe definir si es de mugre o una plasta de lodo cultivado en estiércol.

Es una mancha que se ha venido extendiendo y endureciendo en los últimos cinco años a fuerza de mal gobierno, de “vacío” de autoridad, de perversidad, de ineficiencia, de atropellos, de uso faccioso y político de la justicia, de negocios en familia, de funcionarillo que se han enriquecido a costa del erario público.

La mancha que se duda pueda borrarse de aquí a las elecciones, tiende a crecer si se le toca y se vuelve contra todos, por eso, dicen que el gobernador no gobierna, que son dos, que son tres gobernadores, que hay un vicegobernador y tal. Y por si fuera poco, un hermano incómodo tan procaz e hiriente para decir las verdades nunca dichas del gobierno de su hermano.

Y el gobernador no le dice nada, ya no digamos a la sociedad que tiene derecho a saber, sino ni siquiera a su partido. No le dice nada y calla ante el escándalo que ahora no es solo para el gobernador, sino también para su partido.

Esa mancha que representa Fernando Toranzo Fernández para su partido, el PRI, es potencialmente el mayor riesgo de nuevas derrotas. Lo que sucede en el gobierno es esa mancha que más parece costra encima de la piel: cada día apesta más.


Es una frase trillada, pero elocuente: buenos gobiernos dan votos, los malos gobiernos los quitan.

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