domingo, 11 de octubre de 2015

La policía en el nuevo sexenio

El viernes nueve de octubre fue la primera manifestación de protesta contra el gobierno de Juan Manuel Carreras y la hicieron servidores públicos. Las protestas, marchas, plantones, sean muchas o pocas, airadas o violentas, enérgicas o serenas, estarán relacionadas con la capacidad que tenga Carreras de operar un buen gobierno. Si hay un buen gobierno, las posibilidades de protesta se reducen, si hay un buen gobierno, la beligerancia se hace a un lado. Gobernar bien no es poca cosa y las protestas serán una de las varas que midan el tamaño del gobernador.


Fresco está en la memoria colectiva el sexenio anterior que tenía protestas un día y al siguiente también. El desdén gubernamental a los reclamos sociales provocó un sentimiento de irritación que se generalizó. Las cosas ni se atendían ni se resolvían y lo único que quedaba era la protesta pública.


Solo trece días pasaron para que la plaza de Armas recibiese a los primeros manifestantes del sexenio y eso no le gustó nada a la gente del gobernador. Vieron esa manifestación como un atentado a la luna de miel que sigue viviendo Carreras con la gubernatura.


Digamos que no eran muchos sino más bien pocos, pero un policía en protesta siempre es noticia  porque su palabra adquiere tono de denuncia de lo prohibido. Un policía que forma parte del aparato coercitivo del estado siempre tiene algo interesante que decir acerca de cómo se ejerce esa fuerza pública que posee el Estado.


Una hora en la plaza hasta que personal de la Secretaría General de Gobierno los convenció de ingresar a palacio. Una hora en la que los agentes policíacos denunciaron y exigieron. Una hora fue suficiente para que a su paso a su despacho en palacio, Carreras los viera y no le dejaran otra salida que ordenase que les dieran atención.


La ex diputada Marianela Villanueva dio muestra de su pobreza política y su nula habilidad para atender problemas y no dio pie con bola. Lastimosamente hacía que hacía, pero en los hechos no hacía nada. No se burlaron de ella por decoro.


Esta, la primera manifestación de protesta contra el gobernador Carreras fue pacífica y sin consignas ni tumultos ni panfletos. Fue de denuncia directa en contra de una decisión del gobernador: la designación de Arturo Gutiérrez García como secretario de Seguridad Pública.


Sacaron a colación otros asuntos que aunque les competen a todos los policías, son de menor trascendencia ante lo fundamental que es el manejo del aparato policíaco y todo lo que hay detrás de eso.


El hecho de que el militar ahora vestido de azul se haya traído a la tropa tamaulipeca no le gustó a nadie en la policíaca y a la sociedad tampoco debería agradarle nada. Gutiérrez García llegó a San Luis Potosí y dejó el rancho ardiendo en Tamaulipas, uno de los estados más violentos e inseguros del país.


Esto es lo que más debería preocupar a la sociedad: quien viene a garantizar la seguridad pública ha fracasado en el mismo propósito en otra entidad vecina. Nada para alegrarse, por supuesto.


Pero a nadie le gusta que un extraño venga y no solo se meta hasta la cocina sino que se apropie de la casa. El centenar de colaboradores que llegaron necesariamente desplazaron a otros, y por cierto, no a todos los que se fueron. El asunto es muy delicado porque una policía en conflicto suele dañar a la sociedad.


El fenómeno no es nuevo, se presenta cíclicamente con el cambio de una administración a otra o con el cambio de mandos de primer nivel. La estructura de poder policíaca es muy compleja y cada engranaje tiene sus propios intereses. A estas alturas no hay iluso que crea que el único interés de la policía es servir a la sociedad.


En las últimas administraciones los problemas al interior del aparato de seguridad han provocado violencia, denuncias de corrupción, la violación de derechos humanos, la filtración de información sobre malos manejos y mucho más. Los jefes de la policía, empezando por el ciudadano secretario, se vuelven tan poderosos que creen que son intocables, aunque paradójicamente, los primeros que los descobijan son sus subalternos.


Por ello, es muy importante la manifestación de policías del pasado viernes, la primera protesta contra el gobernador desde su toma de posesión. Sería indeseable que entre los jefes de seguridad designados y los elementos del orden existan diferencias sustantivas, pues ese es el primer paso para que las cosas no salgan bien.


Se requiere de una policía eficiente, comprometida, que garantice la seguridad de los ciudadanos. Se necesita de policías honestos y solidarios con los ciudadanos, una policía que eluda la tentación a caer en actos de corrupción. Pero eso se necesita más en los niveles de arriba.


La llegada de Arturo Gutiérrez García ha sido recibida con mesura e incertidumbre en la sociedad, pero al interior del aparato de la Secretaría, la recepción fue fría y distante porque el militar, como lo hacen éstos, se apropió de la Secretaría como si fuera suya y no una institución pública. Es su cuartel.


Así son los militares, para ellos, es su tropa, sus órdenes, su palabra. Eso está a unos centímetros de la intolerancia.


Habrá que prestar atención a la estrategia que se siga en materia de seguridad: el riesgo de las violaciones a los derechos humanos está latente.








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