El viernes
nueve de octubre fue la primera manifestación de protesta contra el gobierno de
Juan Manuel Carreras y la hicieron servidores públicos. Las protestas, marchas,
plantones, sean muchas o pocas, airadas o violentas, enérgicas o serenas,
estarán relacionadas con la capacidad que tenga Carreras de operar un buen
gobierno. Si hay un buen gobierno, las posibilidades de protesta se reducen, si
hay un buen gobierno, la beligerancia se hace a un lado. Gobernar bien no es
poca cosa y las protestas serán una de las varas que midan el tamaño del
gobernador.
Fresco está
en la memoria colectiva el sexenio anterior que tenía protestas un día y al
siguiente también. El desdén gubernamental a los reclamos sociales provocó un
sentimiento de irritación que se generalizó. Las cosas ni se atendían ni se
resolvían y lo único que quedaba era la protesta pública.
Solo trece
días pasaron para que la plaza de Armas recibiese a los primeros manifestantes
del sexenio y eso no le gustó nada a la gente del gobernador. Vieron esa
manifestación como un atentado a la luna de miel que sigue viviendo Carreras
con la gubernatura.
Digamos que
no eran muchos sino más bien pocos, pero un policía en protesta siempre es
noticia porque su palabra adquiere tono
de denuncia de lo prohibido. Un policía que forma parte del aparato coercitivo
del estado siempre tiene algo interesante que decir acerca de cómo se ejerce
esa fuerza pública que posee el Estado.
Una hora en
la plaza hasta que personal de la Secretaría General de Gobierno los convenció
de ingresar a palacio. Una hora en la que los agentes policíacos denunciaron y
exigieron. Una hora fue suficiente para que a su paso a su despacho en palacio,
Carreras los viera y no le dejaran otra salida que ordenase que les dieran
atención.
La ex
diputada Marianela Villanueva dio muestra de su pobreza política y su nula
habilidad para atender problemas y no dio pie con bola. Lastimosamente hacía
que hacía, pero en los hechos no hacía nada. No se burlaron de ella por decoro.
Esta, la
primera manifestación de protesta contra el gobernador Carreras fue pacífica y
sin consignas ni tumultos ni panfletos. Fue de denuncia directa en contra de
una decisión del gobernador: la designación de Arturo Gutiérrez García como
secretario de Seguridad Pública.
Sacaron a
colación otros asuntos que aunque les competen a todos los policías, son de
menor trascendencia ante lo fundamental que es el manejo del aparato policíaco
y todo lo que hay detrás de eso.
El hecho de
que el militar ahora vestido de azul se haya traído a la tropa tamaulipeca no
le gustó a nadie en la policíaca y a la sociedad tampoco debería agradarle
nada. Gutiérrez García llegó a San Luis Potosí y dejó el rancho ardiendo en
Tamaulipas, uno de los estados más violentos e inseguros del país.
Esto es lo
que más debería preocupar a la sociedad: quien viene a garantizar la seguridad
pública ha fracasado en el mismo propósito en otra entidad vecina. Nada para
alegrarse, por supuesto.
Pero a nadie
le gusta que un extraño venga y no solo se meta hasta la cocina sino que se
apropie de la casa. El centenar de colaboradores que llegaron necesariamente
desplazaron a otros, y por cierto, no a todos los que se fueron. El asunto es
muy delicado porque una policía en conflicto suele dañar a la sociedad.
El fenómeno
no es nuevo, se presenta cíclicamente con el cambio de una administración a
otra o con el cambio de mandos de primer nivel. La estructura de poder
policíaca es muy compleja y cada engranaje tiene sus propios intereses. A estas
alturas no hay iluso que crea que el único interés de la policía es servir a la
sociedad.
En las
últimas administraciones los problemas al interior del aparato de seguridad han
provocado violencia, denuncias de corrupción, la violación de derechos humanos,
la filtración de información sobre malos manejos y mucho más. Los jefes de la
policía, empezando por el ciudadano secretario, se vuelven tan poderosos que
creen que son intocables, aunque paradójicamente, los primeros que los
descobijan son sus subalternos.
Por ello, es
muy importante la manifestación de policías del pasado viernes, la primera
protesta contra el gobernador desde su toma de posesión. Sería indeseable que
entre los jefes de seguridad designados y los elementos del orden existan
diferencias sustantivas, pues ese es el primer paso para que las cosas no
salgan bien.
Se requiere
de una policía eficiente, comprometida, que garantice la seguridad de los
ciudadanos. Se necesita de policías honestos y solidarios con los ciudadanos,
una policía que eluda la tentación a caer en actos de corrupción. Pero eso se
necesita más en los niveles de arriba.
La llegada
de Arturo Gutiérrez García ha sido recibida con mesura e incertidumbre en la
sociedad, pero al interior del aparato de la Secretaría, la recepción fue fría
y distante porque el militar, como lo hacen éstos, se apropió de la Secretaría
como si fuera suya y no una institución pública. Es su cuartel.
Así son los
militares, para ellos, es su tropa, sus órdenes, su palabra. Eso está a unos
centímetros de la intolerancia.
Habrá que
prestar atención a la estrategia que se siga en materia de seguridad: el riesgo
de las violaciones a los derechos humanos está latente.
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