lunes, 20 de julio de 2015

Una historia interminable de mediocridad legislativa

Una Legislatura más para el olvido o lo que es lo mismo: más diputados del montón para recordarlos más por su lambisconería al ejecutivo que por su trabajo pertinente y eficaz.


Cuando se acerca el fin del así llamado mandato legal de cada legislatura, se hacen votos de fe y se lanzan declaraciones al aire en torno a que “vamos a hacer el esfuerzo por dejar al mínimo los pendientes”. Se hacen compromisos públicos de que “vamos a sacar adelante el trabajo para dejar un rezago mínimo”.


Sin importar que diputado, de que fracción, género, sexo o color lo diga, ese tipo de pronunciamientos resultan tan falsos como la palabra de cualquier político. “Existe el compromiso de ésta legislatura de tratar de dejar el mínimo rezago”.


Hace unas semanas, había 227 iniciativas de ley pendientes por dictaminar y sobre ese elevado número, ofrecieron reducirlo a 150 y en una de esas, bajarlo hasta treinta. De acuerdo con esa baladronada sin sentido, los diputados estarían aprobando en menos de dos meses, unas 200 iniciativas.


No es para nada una novedad que se diga eso, de hecho, es parte del guión de despedida de los diputados de cada legislatura. Póngale el nombre que quiera a la fuente de ese tipo de declaraciones, es lo mismo cada tres años, solo cambian los matices. Al final, lo único que queda son pilas de iniciativas olvidadas.


Una de las fórmulas acostumbradas para paliar la mediocridad e improductividad es convocar a períodos extraordinarios de sesiones a fin de tramitar el mayor número de asuntos. La intención nunca es hacer un trabajo legislativo útil y provechoso, sino más bien intentar maquillar los números rojos que se dejan.


Pero lo cierto es que siempre hay un sentido de falsedad detrás del trabajo que hacen los diputados: en la primera semana de mayo, se habían presentado de manera acumulada 788 iniciativas, de las cuales, 384 habían sido desahogadas o dictaminadas. O sea, el rezago en mayo era del 48 por ciento. Había 285 iniciativas pendientes.


En un mes, mágicamente o sospechosamente las cifras cambiaron y ya eran 815 iniciativas presentadas, 424 de ellas, desahogadas o dictaminadas.


Es decir, en un mes, se recibieron 27 iniciativas más, pero se desahogaron sesenta en cuatro sesiones.


No solo se trata de trabajo “al vapor” sino el reflejo de una actitud irresponsable para sacar iniciativas a destajo.


Como diría el presidente de México cuando andaba de paseo por Francia: es una afrenta para todos los mexicanos. Se refería a la fuga del Chapo de la cárcel. Pues bien, es una afrenta para los potosinos que sus diputados se lleven dos millones de pesos al año y sean tan negligentes.


En dos meses de receso antes del cambio de Legislatura pretenden hacer lo que no hicieron en tres años, para lo cual, está en proceso de poner etiqueta de caduco, a iniciativas de ley que jamás merecieron la atención de nadie en el Congreso del Estado.


En esencia, se trata de lo mismo que ocurrió hace tres años, sólo se reciclan nombres y cargos y hasta artículos, columnas y noticias. El tema es el mismo y pareciera que se vive un presente sin cambios. Las noticias llevan los mismos titulares y los análisis son semejantes en lo tocante a la actuación de los diputados de ahora y los de hace tres, seis, nueve o doce años.


Hacer las cosas al “ai se va”, no dignifica a nadie y menos si se trata de servidores públicos que recibieron el voto de la gente.


Eso nunca lo ha tenido presente en sus tres años de gestión la legislatura que está por irse, así como tampoco lo hicieron antes otros diputados. Eso, entre otras tantas cosas en la administración pública, no lo merecen los ciudadanos
.

El catorce de septiembre asumirán sus curules los diputados electos en los comicios del siete de junio. En estricto sentido, poco se puede esperar: varios ya fueron diputados de mediocre actuación y otros tienen el perfil de vividores del presupuesto, mientras que otros solo buscan vivir tres años de asueto al amparo de las dietas y las relaciones con el poder.


Habrá un buen número de ellos que como los que se van, estarán dispuestos a ponerse de tapete del gobernador, se pondrán a sus órdenes y votarán cuanto les ordenen en el sentido que se les ordene. No tiene porque ser de otro modo, así lo hicieron los diputados de la LX Legislatura que cual borregada, siguieron el eco del cencerro de palacio de gobierno.


Algo de maldición hay en los asientos del Congreso: quien llega ahí, en casos extremos, pasa de virtual paria a virrey y, también,  invariablemente hay quienes de sencillos y modestos pasan a soberbios. Otros o tal vez otras, se transforman de pueblerinas en “mami” de la zona dorada. Ser diputado cambia a todos: de ser nadie, pasan a ser potenciales millonarios a costa del erario público. De ahí en adelante, todo lo que siga es ganancia.


Lo de menos es lo que diga la gente: un diputado de lamentable y triste memoria, Crisógono Sánchez lo definió con luminosidad cinematográfica: tengo dos madres, una para cuando salgo a la calle y otra que está allá en su casa.


Ese digamos, fue el cínico entre los cínicos del Congreso: hagan sus apuestas, quien de los 27 que vienen será el reculador de la siguiente legislatura.


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