Una
Legislatura más para el olvido o lo que es lo mismo: más diputados del montón
para recordarlos más por su lambisconería al ejecutivo que por su trabajo
pertinente y eficaz.
Cuando
se acerca el fin del así llamado mandato legal de cada legislatura, se hacen
votos de fe y se lanzan declaraciones al aire en torno a que “vamos a hacer el
esfuerzo por dejar al mínimo los pendientes”. Se hacen compromisos públicos de
que “vamos a sacar adelante el trabajo para dejar un rezago mínimo”.
Sin
importar que diputado, de que fracción, género, sexo o color lo diga, ese tipo
de pronunciamientos resultan tan falsos como la palabra de cualquier político.
“Existe el compromiso de ésta legislatura de tratar de dejar el mínimo rezago”.
Hace
unas semanas, había 227 iniciativas de ley pendientes por dictaminar y sobre
ese elevado número, ofrecieron reducirlo a 150 y en una de esas, bajarlo hasta
treinta. De acuerdo con esa baladronada sin sentido, los diputados estarían
aprobando en menos de dos meses, unas 200 iniciativas.
No
es para nada una novedad que se diga eso, de hecho, es parte del guión de
despedida de los diputados de cada legislatura. Póngale el nombre que quiera a
la fuente de ese tipo de declaraciones, es lo mismo cada tres años, solo
cambian los matices. Al final, lo único que queda son pilas de iniciativas
olvidadas.
Una
de las fórmulas acostumbradas para paliar la mediocridad e improductividad es
convocar a períodos extraordinarios de sesiones a fin de tramitar el mayor
número de asuntos. La intención nunca es hacer un trabajo legislativo útil y
provechoso, sino más bien intentar maquillar los números rojos que se dejan.
Pero
lo cierto es que siempre hay un sentido de falsedad detrás del trabajo que
hacen los diputados: en la primera semana de mayo, se habían presentado de manera
acumulada 788 iniciativas, de las cuales, 384 habían sido desahogadas o
dictaminadas. O sea, el rezago en mayo era del 48 por ciento. Había 285
iniciativas pendientes.
En
un mes, mágicamente o sospechosamente las cifras cambiaron y ya eran 815
iniciativas presentadas, 424 de ellas, desahogadas o dictaminadas.
Es
decir, en un mes, se recibieron 27 iniciativas más, pero se desahogaron sesenta
en cuatro sesiones.
No
solo se trata de trabajo “al vapor” sino el reflejo de una actitud
irresponsable para sacar iniciativas a destajo.
Como
diría el presidente de México cuando andaba de paseo por Francia: es una
afrenta para todos los mexicanos. Se refería a la fuga del Chapo de la cárcel.
Pues bien, es una afrenta para los potosinos que sus diputados se lleven dos
millones de pesos al año y sean tan negligentes.
En
dos meses de receso antes del cambio de Legislatura pretenden hacer lo que no
hicieron en tres años, para lo cual, está en proceso de poner etiqueta de
caduco, a iniciativas de ley que jamás merecieron la atención de nadie en el
Congreso del Estado.
En
esencia, se trata de lo mismo que ocurrió hace tres años, sólo se reciclan
nombres y cargos y hasta artículos, columnas y noticias. El tema es el mismo y
pareciera que se vive un presente sin cambios. Las noticias llevan los mismos
titulares y los análisis son semejantes en lo tocante a la actuación de los
diputados de ahora y los de hace tres, seis, nueve o doce años.
Hacer
las cosas al “ai se va”, no dignifica a nadie y menos si se trata de servidores
públicos que recibieron el voto de la gente.
Eso
nunca lo ha tenido presente en sus tres años de gestión la legislatura que está
por irse, así como tampoco lo hicieron antes otros diputados. Eso, entre otras
tantas cosas en la administración pública, no lo merecen los ciudadanos
.
El
catorce de septiembre asumirán sus curules los diputados electos en los
comicios del siete de junio. En estricto sentido, poco se puede esperar: varios
ya fueron diputados de mediocre actuación y otros tienen el perfil de vividores
del presupuesto, mientras que otros solo buscan vivir tres años de asueto al
amparo de las dietas y las relaciones con el poder.
Habrá
un buen número de ellos que como los que se van, estarán dispuestos a ponerse
de tapete del gobernador, se pondrán a sus órdenes y votarán cuanto les ordenen
en el sentido que se les ordene. No tiene porque ser de otro modo, así lo
hicieron los diputados de la LX Legislatura que cual borregada, siguieron el
eco del cencerro de palacio de gobierno.
Algo
de maldición hay en los asientos del Congreso: quien llega ahí, en casos
extremos, pasa de virtual paria a virrey y, también, invariablemente hay quienes de sencillos y
modestos pasan a soberbios. Otros o tal vez otras, se transforman de
pueblerinas en “mami” de la zona dorada. Ser diputado cambia a todos: de ser
nadie, pasan a ser potenciales millonarios a costa del erario público. De ahí
en adelante, todo lo que siga es ganancia.
Lo
de menos es lo que diga la gente: un diputado de lamentable y triste memoria,
Crisógono Sánchez lo definió con luminosidad cinematográfica: tengo dos madres,
una para cuando salgo a la calle y otra que está allá en su casa.
Ese
digamos, fue el cínico entre los cínicos del Congreso: hagan sus apuestas,
quien de los 27 que vienen será el reculador de la siguiente legislatura.
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